Niebla sobre la Ronda – El Diario Montañés

Mientras uno camina libre y sin prisa, los pensamientos van como los pasos: sin rumbo fijo. Si además la niebla está presente, el paseo toma otro cariz.
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La niebla es el fenómeno meteorológico más misterioso y voluble de todos. Tal vez porque oculta lo que se tiene ante los ojos justo hasta toparse con ello. No es tan molesta como la lluvia caída de lado que tan bien conocemos por aquí. No atemoriza como una tormenta que retumba al punto de amenazar con hacer caer el cielo sobre nuestras cabezas. No es tan pegajosa como el bochorno con que el sur golpea al abandonar cualquier habitación inmunizada con aire acondicionado. No es tan fría como el aire invernal nocturno, cuando el cielo está despejado y permite ver las estrellas. O puede serlo todo a la vez. O nada.

La niebla envuelve lo que en su tiempo se llamaba (más que ahora) Puebla Vieja, sin llegar a caer sobre canoas, chalanas y motores que, más abajo, la evitan y prosiguen, impertérritas, su vida al son de las mareas. En lo alto, la brumazón —precioso palabro— diluye todo.

Recuerda al humo de un incendio, tal vez por los últimos que se cebaron hace nada con nuestros montes. Desde ahí la mente se desliza hasta los que, hace cientos de años, asolaron también esta villa.

Los más graves de los que se tienen datos ciertos acontecieron en los años 1483, 1563 y 1636 (datos tomados de Valentín Sainz Díaz, de su biblia sobre la historia barquereña), pero hubo más. Parece que, junto a pestes, abandonos, pendencias y su correspondiente ración de mala suerte, los incendios fueron una de las razones que provocaron el ocaso pejín a lo largo de aquellos oscuros siglos. Pero duele especialmente el provocado por los franceses durante la Guerra de la Independencia, en 1808, cuando aquí se allegaron.

Esa quema tiene fecha, autoría y crónica, a diferencia de las antes reseñadas, a las que el paso del tiempo ha privado de más datos para un inútil y seguro que injusto juicio. Aquel día, los franceses «según costumbre, quemaron y saquearon sin freno». Y le sucedió una «triste y malhadada época (…) penas y penurias (…) incendios, detenciones y rapiñas». Nada extraordinario para una guerra, pero jode.

Hechos como aquellos hacen resucitar la francofobia innata de quienes crecieron escuchando relatos de emigrantes menospreciados que servían a las familias pudientes galas y de camiones con carga volcada en los Pirineos. Fobia que, inevitablemente, es neutralizada por una francofilia adquirida, nacida de cada vez que se tiene la suerte de conocer algo proveniente de Francia que resulta que merece la pena: personas, memorias de amparo, lugares o trazas de cultura. Al final, cada uno, incluso un barquereño de antepasados invadidos por las tropas de Napoleón, alberga respecto a los franceses y su país sentimientos intrínsecamente privados, diferentes. Es de agradecer, casi todo es preferible a la indiferencia.

Observando el Castillo y la Ronda envueltos en la niebla desde el Puente de La Barquera, si se tiene tiempo y una imaginación desordenada, flashes de lo que sucedió pueden atacar a una sesera desocupada. Seguro que hubo gritos de quienes huían de las llamas o las bayonetas, lágrimas de aquellos que tuvieron que abandonar sus posesiones para salvar sus vidas y las de sus seres queridos, o rezos inútiles de los que aún confiaban en un Dios que aquel día no era omnipresente y se hallaba ocupado en otros lugares.

Niebla, incendios, Francia, filias y fobias… casi nada. Y eso que había comenzado solo como un inofensivo paseo junto a la Ronda.

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Eduardo Noriega

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