Introducción a «El Libro Lacre»

Cuando me propuse publicar la historia de Córnel y compañía, tuve muy claro que iba a hacerlo como homenaje a esos libros de fantasía que tantas lecturas me regalaron cuando era más joven. De hecho, de tanto en tanto aún lo hacen.

Sin datos de análisis de mercado ni nada parecido, hace tiempo que tengo la impresión de que este género tuvo cierto auge hace años, gracias al fenómeno de sagas como Juego de Tronos, El nombre del viento, Nacidos de la bruma o El Señor del Tiempo (por citar solo algunos) y, sobre todo, a la adaptación cinematográfica o televisiva de que disfrutaron, con el protagonismo (enorme, como todo lo que representa) de la serie de películas de El Señor de los Anillos, bajo la batuta de Peter Jackson. Pero, como con todos, ese milagro, en el bolsillo de los lectores, en las páginas de la crítica y en las estanterías de las librerías, parece haber pasado a mejor vida o, al menos, a una vida mucho menos noticiable. Más tarde me di cuenta de que nada más sucedía que había dejado de leer tanta fantasía, pero la semilla ya estaba plantada.

Con esta historia pretendí, desde mi humilde posición, añadir un granito de arena al castillo de la tarea de engrosar la relevancia de este género en el mundo literario. Siempre he considerado que la narrativa fantástica no ha gozado del reconocimiento que debería tener, más allá del que tiene grabado a fuego en el corazón de sus irreductibles seguidores. Además, así puedo conceder al Eduardo más joven el premio de ver esa historia que gestó hace tanto tiempo trasladada de su cabeza al papel.

Escribir novela de fantasía tiene una enorme ventaja para alguien tan obsesionado con el detalle como yo: nadie podrá nunca acusarme de haber descrito sin hacer justicia a la realidad cualquier otro posible decorado (verdadero) en que situara una novela. Aun así, pese a inventarme toda Homeria, de cabo a rabo, es inevitable que muchos de sus paisajes tengan alguna inspiración en lugares existentes en la realidad. De entre esos, Cantabria, con su mar, sus bosques, sus montañas…, ocupa un lugar preeminente. El resto son para otros muchos sitios que he visitado, algunos por placer y otros por obligación. De este modo, Homeria es una tierra totalmente ficticia, pero con alguna esencia de sitios reales en los andurriales en los que la acción se desarrolla. Otros, totalmente nacidos de la mente enferma de su autor.

Por todo lo anterior, entre otras razones, la historia que presento tiene todas las características que le son propias a las obras de este género. De entre ellas destaco sus mapas, oportunos para que el lector pueda situar la acción en un contexto físico que facilite su seguimiento (siempre es más sencillo acompañar un relato en un mundo inventado con un apoyo como estos mapas) y su cincelado en la piedra de la memoria. El gran J.R.R. Tolkien escribió a su amiga y escritora Naomi Mitchinson: «Empecé sabiamente con un mapa e hice que la historia encajase”. Como yo no soy Tolkien y además tengo tendencia a llevar la contraria, mi proceso creativo fue el justo el opuesto, aun sin quererlo: en un principio esbocé la historia, para luego irla decorando con los mapas, a medida que me eran necesarios. Este papel supuestamente secundario respecto al texto no significó que fuese a privar a mis lectores de esos fantásticos planos que orlan las más grandes novelas de fantasía. Tras mucho trabajo, aquí están. ¡Así todos podremos ver cómo es Homeria, incluso sin leer una palabra de lo que en ella sucede!

¡Ah, Homeria! De entre sus muchas maravillas, me gusta destacar que es una tierra donde las religiones casi no existen. Ese «casi» significa que en la narración han sido recluidas a una pequeña zona, un único territorio, allá en el noreste, estando las demás tierras homerinas libres de su influencia desde hace siglos, tras la hecatombre de la Guerra de las Sagradas Letras. Tras muchas horas pensando, pasadas en el soberbio edificio de la basílica de Nuestra Señora de los Ángeles, en San Vicente, hace mucho que siento curiosidad por saber cómo sería una sociedad sin ritos, sin milagros, sin fes, sin opresiones, sin éxtasis y sin todas las consecuencias que han significado las religiones para los seres humanos, desde que el primero de ellos creyó que el sol y el fuego eran alguien a quien orar. Un mundo libre de dioses, al cabo, donde sus apariciones y efectos fuesen casi inexistentes, reducidos a poco más que frases hechas y juramentos, apenas un recuerdo de lo que un día significaron para todos los moradores de Homeria. Si se siguen las novelas, se podrá comprobar cuál es la conclusión de este pequeño experimento antropológico.

Sin embargo, como en muchos de los grandes libros de fantasía épica, en Homeria sí que existe la magia, de importancia relativa según el territorio, la sociedad y el momento histórico que se trate. Del uso de esa magia, que se ha tratado de describir y justificar de modo que sea tan plausible como la propia esencia increíble de la palabra permita, dependerán muchas de las aventuras que aquí se narran.

El Libro Lacre

Y para acabar esta breve introducción a esta historia, a mi historia, aunque solo sea por vergüenza, debo dar, o avanzar al menos, la respuesta a una pregunta: ¿qué es el Libro Lacre? No es tarea sencilla de explicar. Diré que es el hilo conductor común a cada una de las entregas y que solamente puedo (y quiero, a estas alturas) describirlo como el objeto que define los afanes y marca los destinos de gran parte de los personajes. No funciona como un deux ex machina, ni como lo que en cine llaman un mcguffin. Su participación es muy diferente a eso. Es un libro perseguido por todos, cuyo contenido, tan ignoto como su paradero, proporcionará a quien logre poseerlo tal conocimiento que lo convertirá en el más importante jerarca de todos cuantos han poblado Homeria. El Libro Lacre dará a sus coetáneos la dicha de vivir en un mundo libre de penas, oscuridad o sufrimientos: un mundo mejor. Por eso es tan ansiado y buscado con tanta determinación. Quise que un objeto tan valioso tuviese esa forma (la de un libro) por la idea de que, únicamente tras el Conocimiento, la Ciencia y la Cultura, conceptos bien conocidos por los libros, se oculta la posibilidad más cierta del avance hacia una sociedad más justa y equitativa para todos. Solo cuando el Libro Lacre sea hallado y su contenido descifrado se sabrá si un fin tan noble logra hacerse su lugar en el mundo descrito en esta saga.

Otra cuestión, y no pequeña, será la puesta en práctica de todo lo que sus páginas revelen…

Eduardo Noriega

Eduardo Noriega

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2 comentarios

  1. Buenas, he leído los dos primeros libros de la saga y me parecen maravillosos 🥰 estoy deseando que publiques el tercero y espero que no tardes mucho en hacerlo que dejaste el segundo en un punto… Simplemente quería darte mi enhorabuena y animarte a que sigas escribiendo tan bien como lo haces

    1. Muchas gracias por tu comentario, Cristina. Resulta alentador saber que esta historia gusta a sus lectores.
      El siguiente libro está en marcha, terminado el manuscrito, así que espero que pronto tengas noticias, tras tanta espera 😉. Aquí puedes ver un avance de la portada, centrada esta vez en «los bichos», para matar el gusanillo.
      Felices lecturas.

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