Los cumpleaños

Este tipo de cuestiones importan en Homeria menos que un pedo de pulga.

En la tierra de “El Libro Lacre” la inmensa mayoría de la gente no tiene posibles para destinarlos a fiestas tan banales como un cumpleaños. ¿Desde cuándo es de celebrar algo tan insulso, sucio y doloroso como haber nacido? El festejado no hizo nada aquel día. Si acaso, fue su madre quien tuvo algo de mérito. Superar un parto con éxito nunca es sencillo, y en aquel lugar, en aquella época, lo era menos aún. Pero ¿qué hizo el neonato que merezca una efeméride año tras año? Si acaso, solo los poderosos podían permitirse el relajo de un día al año (o más) para regalarse unos a otros con una fiesta tan injusta como insustancial. Para ellos, eran momentos de excesos y regocijo merecidos solo por ser quienes eran. Cuando el culo se asienta sobre mullidos cojines de seda, en vez de sobre fría y dura piedra, sí que merece la pena aplaudir haber nacido. Para el resto de los homerinos, más ocupados en buscarse la vida, la comida, un techo o a su familia perdida o muerta, nada hay que celebrar. No sé si es por eso que no hago demasiado eco de este tipo de festejos en los libros, ya estén vestidos con la piel de armiño de la nobleza o con la arpillera del populacho.

Seguro que parte de esto, además de por el acomodo a un escenario tan implacable como las tierras de Homeria, se debe a mi sentimiento personal por los cumpleaños. No son lo mío. Es tan sencillo para mí olvidarme de ellos como poner un pie después de otro. Es tan complicado para mí buscar y hallar un regalo adecuado como para una mosca cruzar a nado el océano. Una vez que llegan los cumpleaños ajenos, sin embargo, contagiado por el entusiasmo del resto, los disfruto, y al final del día queda un regusto agradable que tarda en marcharse.

Cuando es el aniversario propio el que se marca en el calendario, casi me vergüenza no sentir tanto entusiasmo como percibo en todos los que me felicitan con la mejor de las intenciones. Casi. En todo caso, al final del día, los deseos bienaventurados de quienes lo quieren bien a uno son quizá el mejor regalo. Salvo que uno tenga el corazón tallado en piedra y recubierto de papel de lija, eso es algo a valorar.

Así pues: felices cumpleaños y felices lecturas.

Imagen: Miniatura de “La verdadera historia de Alejandro Magno”, siglo XV.

Eduardo Noriega

Eduardo Noriega

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Un comentario

  1. Muy chulo… por la cercanía aprovecho para desearte un feliz cumpleaños…. Con cariño y con todo el corazón.. un abrazo hermanito!

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