Los bosques de San Vicente – El Diario Montañés

Todo cambia. Es una máxima casi indiscutible. Una población como San Vicente de la Barquera, en muchos de sus aspectos, no puede ser una excepción. Así hay que considerar las masas de árboles en San Vicente. Llamarlos bosques puede ser excesivo. Licencia poética, si se quiere.
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Hace años, estaban los eucaliptos en las Calzadas, camino de La Acebosa; estaba la «Selva» en la Barquera, donde uno se perdía y parecía que no iba a poder salir; estaba la Ronda, que sigue existiendo, pero muchos menos frondosa… Y más, a los que unos raquíticos recuerdos o una edad insuficiente no alcanzan.

Claro que esta disminución de superficie forestal es normal en una villa que ha incrementado su superficie de suelo urbano desde los 897.507 m2 de 1983, a los 6.820.000 m2 en 2006. Nada menos que un aumento del 764% en 23 años. Mayor, con mucha diferencia, a los valores del resto de Cantabria en esa misma época. Donde se plantan edificios y casas, se tienen que talar árboles. El suelo no crece, solo cambia. O se recalifica.

Ese cambio no es ni bueno ni malo. Como casi todo, depende de a quién se pregunte, o de qué aspecto concreto se esté hablando. Aunque hayan desaparecido pulmones vegetales en los arrabales del pueblo, aún restan manchas verdes suficientes como para que se pueda considerar San Vicente como parte de esa «España Verde» tan laureada. Aunque muriese parte de la fauna que en esos bosques vivía, hay animales que han medrado en otras partes, como se puede ver en la recuperación de aves en las rías. Y algunos encontramos un hogar en el que disfrutar del paisaje barquereño donde antaño menudeaban alimañas entre helechos. No reconocerlo sería hipocresía.

No se pretende aquí criticar. Solamente se resalta el hecho de que los espacios verdes, las arboledas, han disminuido hasta casi desaparecer. Porque uno de esos espacios es el que se trae al Rincón hoy: los ya mentados eucaliptos.

Han sido escogidos por una razón tan imbécil como curiosa: de todos los que antes había, hoy solo queda uno, arrumbado junto a un cobertizo. Es el único superviviente de un genocidio arbóreo consecuencia de la civilización, el progreso, los desmanes urbanísticos, la necesidad de vivienda, los cambios sectoriales en la economía…, quién sabe.

Si uno se pone purista —algo no deseado— tal vez ni siquiera unos árboles como los eucaliptos mereciesen esta alabanza, este recuerdo a su presencia. Porque antes ellos mismos fueron okupas en un terreno que pertenecía a otros: castaños, tejos, robles, hayas, pinos, acebos, abedules… Pero la necesidad de producción indujo a alguien a plantar árboles foráneos como los eucaliptos, de veloz crecimiento y mejor rendimiento para obtener madera o papel. Así, eucaliptos invasores recalaron en Las Calzadas.

El tiempo da un oportuno barniz de credibilidad y legalidad hasta a los crímenes prescritos, así que, ¿cómo no iba a suceder con algo tan inocuo como una plantación de árboles? Aparte de su función económica, los eucaliptos se convirtieron, para algunos niños barquereños, en un lugar donde edificar casas con ramas caídas en las que se planeaban guerras, donde refugiarse de la lluvia, donde esconderse los ladrones de los policías compañeros de juegos, donde perseguir tesoros inexistentes o donde cazar animales peligrosos y fabulosos, alamones que eran como enormes serpientes o erizos que eran como tasugos a los ojos infantiles. Al lado, maravillas extintas como la Fuente del Hayedo, que merecerían uno, o varios, de estos Rincones.

Por eso, porque estuvieron, porque fueron pejines por un tiempo, los eucaliptos protagonizan este Rincón. Aunque hoy solo quede uno vivo y su nombre en una calle.

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Eduardo Noriega

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