Las fiestas en Homeria

Ahora, que se echa encima la más afamada fiesta de mi pueblo, me da por pensar en las fiestas que muestro en El Libro Lacre
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Diría, analizando lo escrito, que esta faceta de la vida, tan importante para casi todos, no la tengo muy explorada en las páginas publicadas de El Libro Lacre.

Alguna vez pensé en que los personajes llegasen a algún lugar en fiestas pero, cuando lo hice, lo desarrollé muy poco. La razón principal es que esta epopeya discurre en un mundo tan golpeado por los avatares del destino que a los pobres homerinos no les queda tiempo ni ganas para celebrar nada.

Bastante tienen con lo suyo.

La eliminación de las religiones también influye pues, como sabemos todos, gran parte de nuestras fiestas tienen raíces religiosas. Si borro las religiones, se borran también sus fiestas. Escribí una parte de la aventura que se desarrolla en Zolroxpao (el último reducto religioso de esta historia) en la que como parte de la descripción de aquella sociedad hacía una descripción de una de sus fiestas. Por resumir: era casi tan alegre como un velatorio.

Pero, en una de esas revisiones inevitables cuyo destino era aliviar el texto de excesos, esa parte se perdió. Y digo bien. La busqué un tiempo más tarde, por si la reutilizaba en otro fragmento del libro, adaptada a la necesidad que fuera. Pero no la encontré.

Yo, que atesoro cualquier cosa, hasta los más estúpidos recuerdos (quienes me conocen pueden dar fe de ello), extravié ese extracto que trataba de las pías celebraciones de los zolroxpasios.

Así, ¿cómo son las fiestas en Homeria? No son lo más fantástico de esa fantástica tierra en esta novela fantástica. Imaginad cómo serían las fiestas en un pueblo hace unos cuantos cientos de años, y no os alejaréis demasiado de cómo esbocé en mi cabeza los festejos homerinos.

Más sobre las fiestas:

En estos días, lo que os sugiero más arriba no es tan difícil de ver con nuestros propios ojos. No son iguales, pero es innegable que se dan un aire.

No hace mucho, aquí en Monforte se celebró un mercado en la plaza de abastos, y luego una feria que ocupó medio pueblo, con el mismo barniz añejo de siglos. Calles, establecimientos, puestos callejeros y los propios monfortinos se vieron trasladados a hace unas cuantas centurias, al menos en cuanto a su decoración y ropajes se refiere.

Si hubiera visto por las calles unas decenas de cadáveres en vez de actores callejeros, unas casas quemadas por aliento de dragón en vez de asaderos de pollos o un carromato con una serpiente en el techo en vez de un puesto de crepes y cerveza, hubiera creído que mis páginas habían asaltado la realidad. ¡Y las rapaces, hermanas pequeñas de los buhotrones, que sí que estaban!

No parecen ser eventos raros en nuestros días. Seguro que me equivoco, pero pienso que, animados por la literatura, las series, las películas o las ganas de disfrazarse, estas fiestas son cada vez más populares y frecuentes. Crecen en el calendario como los champiñones en la umbría. Casi toda población con un casco antiguo que se precie tiene su fiesta ambientada en el medievo.

¿Cómo no tener tan buena publicidad? Más allá de la jarana que suelen provocar (siempre hay quien gusta del sosiego que permite dormir sin trabas en las cercanías de su casa), casi todo lo demás parecen ventajas.

Son fiestas de un gran tinte cultural: siempre enseñan algo, especialmente a los más pequeños. Y esto vende muy bien, sobre todo entre el mundillo progre.

Son divertidas, más o menos según el presupuesto y la sabiduría de sus organizadores. Permiten la participación de casi todo el mundo, de un modo u otro. Espolean el comercio, especialmente ese familiar y minoritario, que tan malos ratos ha pasado y sigue pasando. Mantienen el magnetismo inexplicable de las ferias y sus pobladores, gentes maravillosas, peligrosas, astutas y esforzadas al tiempo… o eso dice el tópico.

A mi mitad leonesa no puede sino venirle a la cabeza una de las más grandes (creo) fiestas medievales que tenemos por estos lares. Me refiero a las Justas Medievales del Passo Honroso de Hospital de Órbigo, sí. Al otro lado del admirable puente que se ve en este enlace, está el pueblo donde pasé muchos y grandes veranos. Creo que la casa de mi abuela puede verse en algún momento del vídeo.

Pero hay mucho más allá que orgullo de sangre por esas fiestas clavadas en el mapa allí donde mi familia tiene su origen. Remembrar lo que allí se conmemora y disfrutar de cómo se respira, de los aromas, de la emoción del torneo, de la imaginación que nos traslada a un mundo nuevo y viejo al tiempo es algo que, para todo homerino de corazón, es digno de hacerse al menos una vez en la vida.

Nada más lejos de la realidad que estas palabras tengan intención alguna de servir de altavoz publicitario. Vender no va conmigo… por desgracia para mi obra. ¿Qué veo en las Justas, entonces? Únicamente un reflejo borroso de las fiestas que podríamos ver en las aldeas y ciudades de Homeria si esa lucha sin cuartel que he inyectado en su corazón se disipara.

Quizá al final de todo, si todo sale bien para algún personaje, pueda escribir (y mantener en la versión final de los libros) alguna fiesta. Entonces, lo tengo claro: iré en junio a Puente de Órbigo para inspirarme.

Feliz Folía y felices lecturas.

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Eduardo Noriega

Eduardo Noriega

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