Las Canastas – El Diario Montañés

Si hay un Rincón en San Vicente que tenga el dudoso honor de serlo de quien suscribe, es este. En realidad hay otro, pero ese está mucho mejor atendido. Puede aguardar su turno.
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Como todos los juegos de niños, el baloncesto tuvo su momento en esta nuestra villa. Las canicas duraban lo que duraban, las peonzas danzaron un tiempo y desaparecieron, las chapas con futbolistas o ciclistas pegados se deslizaban a ras de suelo nada más que unas semanas. Todo iba por modas.

El baloncesto —nadie lo llamaba básquet por entonces— también fue una moda, solo que duró no semanas o meses, sino años. Aparte de las primigenias canastas junto a los colegios para entretener a los alumnos durante el recreo, estaban las de los columpios, donde la actual bolera, las primeras de todas. Allí se mezclaron generaciones de aficionados a un deporte que por entonces comenzaba a hacerse hueco en el corazón de los españoles. Cuando la edad o la habilidad lo permitían, uno pasaba de columpiar su culo sobre neumáticos a botar un balón tricolor de goma que alguien, solo unos pocos en el pueblo, tenían. La medalla de plata en Los Ángeles´84 colaboró a ese contagio de la enfermedad de la canasta, aunque no es probable que aquello importase mucho a aquellos chavales.
Y de repente, o no tanto, casi todo el mundo jugaba al baloncesto.

El campo de los columpios dio paso a la canasta de esta preciosa imagen —solo una al inicio, quién sabe por qué se decidió que cercenando a la mitad lo que antes se tenía era suficiente para esos críos a los que les había dado por jugar ese deporte tan raro, en vez de al fútbol de toda la vida— en el relleno recién pavimentado. Sin líneas, sin bordes pero con bordillo, esa canasta tuvo un uso incansable durante años. A veces con red, que duraba poco porque la humedad encogía la gruesa cuerda —a ninguna mente feliz se le ocurrió instalar una red de material sintético— y había que cortarla para no estar saltando en cada ocasión anotada para sacar el balón allí trabado. Otras veces sin red, cuando cada tiro limpio acababa con el balón yéndose lejos, empapándose con la hierba mojada. Siempre con aspirantes a jugar.

Un día amaneció con cuatro canastas, que ¡ver para creer! tenían su campo delimitado en pintura blanca. Fue como implantar en el parque un sucedáneo del Madison Square Garden, pero con canastas más rústicas, con un aro que a veces tenía una altura incorrecta.

¡Qué partidos! Épicos los librados contra excursiones que querían conquistarnos y se iban con el rabo entre las piernas las más de las veces. Memorables otros entre jugadores de distintas edades, alturas, épocas, a veinte puntos y entraba otro, que duraban tanto que se hacía de noche. Fratricidas algunos uno contra uno que terminaban incluso en serios rebotes, y no contra el tablero. Solitarias aquellas horas de juego en las que los más pertinaces intentaban mejorar su juego entrenando sin entrenador, o simplemente pasaban el rato.

Todo, por supuesto, siempre que la lluvia y el viento hiciesen un alto, aunque tampoco era raro jugar con charcos en el suelo. Había caídas, esguinces, resbalones, golpes contra el poste que sustentaba el tablero. Daba igual. Casi gustaba más jugar a la intemperie que en el flamante polideportivo, donde había mejores canastas, mejores balones, luces más brillantes, personajes inolvidables y más comodidades, mas sin acceso ni horario libre.
Hasta que, no tan repentinamente como nacieron, murieron las canastas del relleno. Fueron trasplantadas a otros lugares donde, véase hoy, nunca volvieron a ser lo que fueron. R.I.P.

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Eduardo Noriega

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