Las batallas y la poliorcética

En “El Libro Lacre” se narran batallas. Varias. Son puntos álgidos de la historia, y como tal los trato. "Cráteres" de la narración, los llama Vargas Llosa. Creo que con eso se pasa.

En ellas se enfrentan facciones, personajes, ideas y formas de ver la vida. A ver: el arroyo de Aceby, Los Charcos, Pohu… las describo más que relatarlas, porque contienen por sí solas tanta acción que no necesitan que yo, pobre autor, la incremente con más dinamismo. Me viene esto a la cabeza por efecto de la última de mis lecturas: “La Défense de Saragosse. Edición crítica”, de Luis Javier Sanz Balduz, colega de profesión, amigo y compañero de alguna que otra batalla de juventud, aunque más relacionadas con un balón que con una bayoneta.

Lo primero que tengo que decir es que lo que sigue no es una crítica literaria, pues ni quiero ni sabría hacerla. Nada más es una opinión. Con ello, se halla libre de las intenciones y deberes que se les supone a las críticas, y es tan personal como yo mismo.

El libro está dividido en dos partes, claramente diferenciadas. En la segunda, el autor y sus colaboradores desmenuzan una obra ya escrita y la traducen a nuestro idioma, no sin cierto trabajo, por lo que cuentan. Se narran los dos sitios de Zaragoza acaecidos durante la Guerra de la Independencia. Es un escrito aséptico, técnico como su autor, tan libre de subjetividades que solo los lectores más avezados las advertirían si no fuese porque alguna aparece desgranada en las notas recogidas al final del libro. ¿Es el lenguaje apropiado? Sin duda, alejado del tinte ornamental que yo trato, de tanto en tanto, no sé si con éxito, de imprimir a mis historias. En esta segunda parte la poliorcética (arte de atacar y defender las plazas fuertes) se muestra en total plenitud, junto con el orgullo del autor original por un trabajo técnico, complejo y bien hecho. La exhibe un ingeniero de caminos de la época en que esta profesión estaba tan ligada a la milicia que hace imposible obviar fue ahí donde se originó. Solo al cabo de años lograron divorciarse y pudieron esos primeros ingenieros dedicar a las construcciones civiles toda la ciencia que se aplicaba a las militares desde muchos años atrás. Recuerdo que alguna vez he usado esa palabra, poliorcética, en mi obra, por la íntima relación con lo que se narra y, no puedo negarlo, porque me gustó su sonido. Pero en las escaramuzas que aparecen en ELL no puede exhibirse la sapiencia en ese arte que aquí se muestra. Ni tengo tantos conocimientos, ni tantas páginas para desarrollarlo. Si fuesen tan largas “mis” batallas, el total de la narración no sería largo, como ya es: sería intragable.

En la primera parte se hace una instantánea de una vida y una época, principalmente de los siglos XVIII y XIX en España, de manera tan amena como ilustrativa. Manuel Caballero Zamorategui tuvo una vida que por sí sola ya merece alguna que otra novela inspirada en sus peripecias por media Europa. Hombre ilustrado (como todos los ingenieros de la época), tuvo que enfrentarse a adversidades, inquinas y burocracias que todavía perduran en nuestros días, aunque hoy tengan otra forma. Lego en la materia como soy, no suelo leer Historia. Emperrado en bucear en la ficción, poco más que algunos libros sueltos de este género han ocupado mi tiempo, aunque lo disfrute como un enano cuando me atrevo. Pero la Historia de este libro, narrada así, alrededor de una persona “y sus circunstancias”, resulta fascinante y —no tiene por qué ser excluyente— educativa como pocas. Gracias a esta lectura, hecha en un solo día porque no pude abandonarla hasta volver —virtualmente— su última página, uno aprende que hubo alguien más que Agustina de Aragón y el general Palafox en aquellos días, en aquel lugar. Y uno de esos muchos olvidados fue el ingeniero Manuel Caballero, autor y protagonista. Omisión que se corrige, al menos en parte, con esta obra.

No puedo acabar sin destacar que en la nota del primer traductor (Angliviel de la Beaumelle, también ingeniero militar, que ayudó —su participación no queda muy clara— a traducir al francés la obra de Caballero) se respira un buenismo y un pacifismo tan deliciosos que parece imposible que haya salido de la pluma de otro técnico y militar que, por entonces, tenía en la guerra una parte vital de su sustento.

Hasta aquí lo que yo puedo decir. Mucho mejor que yo habló la Asociación Cultural “Los Sitios de Zaragoza”, que ha premiado esta obra en 2020. En su web https://www.asociacionlossitios.com/ puede descargarse, dado que su editor/autor es mucho más generoso que un servidor y la ofrece así para aquellos interesados en el tema. Gracias, Luisja.

Felices lecturas.

Eduardo Noriega

Eduardo Noriega

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