La cueva del Cúlebre – El Diario Montañés

Habían dejado las bicis donde la grava acababa, y el camino recién arreglado se convertía en una trocha con rodadas marcadas en el verde. Podían haberlas dejado más arriba, justo tras pasar la cancela con alambre de espino, pero Inma dijo que aún podían ir en bici un rato más, y así irían más rápido.
La cueva del Cúlebre

Como casi siempre, Teo hizo lo que su hermana propuso. Inma era solamente unos minutos mayor, pero varios años más aguerrida y espabilada, lo que hacía que la voz cantante que solía escucharse entre ambos fuese la suya.

El camino giró a la izquierda en una zona en permanente umbría, con la rodada del interior de la curva siempre encharcada, así que la tomaron por el exterior, más seca por estar más elevada.
—¿Qué buscamos? —Ya te lo he dicho: un monstruo.

Le encantaba asustar a su hermano, pero salió mal. No había acabado de nombrarlo, cuando el sabihondo inaguantable que era comenzó a asaetearla con todo lo que había leído: que era una serpiente enorme, con alas no demasiado grandes para tan descomunal reptil; que sus garras y dientes eran largos y afilados como puñales; que se alimentaba casi exclusivamente de seres humanos, a los que acechaba en la noche saliendo de su cubil; que habían sobornado a algún pariente del engendro, hacía siglos, con el sacrificio de una muchacha para que dejara en paz al resto del pueblo, pero mientras aguardaba su muerte, la doncella fue salvada por sus plegarias a Santiago, quien acudió a rescatarla montado en su caballo y terminó matando a la bestia. Se le revolvieron las tripas escuchando a Teo y terminó resbalando en el barro y con un pie en un charco. Mierda.

—¡Espérame! Vas demasiado rápido. —el miedo exudaba de las palabras del chico. —Venga, no seas miedica. Está anocheciendo y si no llegamos pronto, va a ser peor. Hay que darse prisa. —Teníamos que haber traído un móvil, para guiarnos con él. —dijo Teo.

Encontraron algunos caballos, que les miraron con indiferencia y siguieron a lo suyo. La senda serpenteaba entre rocas, maleza y prados para pasto. A un lado, al otro. Cuesta arriba, cuesta abajo. Continuaron. El viento silbaba en sus oídos. Los grillos y mirlos podían escucharse a lo lejos. Un milano negro planeó describiendo círculos, y se marchó.

De repente, Inma dio un manotazo a su mellizo en el pecho, señal inequívoca de que parase. Tenía que ser allí. Sus recuerdos eran borrosos, pero la memoria le susurraba que en aquel altillo fue donde le contaron que estaba la cueva. La brisa había dejado de escucharse y había sido sustituida por un murmullo, que chocaba contra el acantilado abajo, poco más adelante, llevando hasta ellos el sabor salado del mar.

—¡Allí, mira! —No seas tonto, es demasiado pequeña para que quepa un dragón. Y está demasiado cerca de la mar. Pero es por aquí…

La noche se cernía sobre ellos y casi no la ve. Estaba justo a sus pies, al lado del camino. La gruta se abría en el suelo y para entrar había que bajar por una pendiente de tierra de unos tres metros de altura. El resto eran paredes de roca. El fondo no se veía. Tenía que estar ahí, oculto. Teo temblaba. Descendieron arrastrándose. Sonó algo en el interior de la cueva, y la lentitud y quejas al bajar de Teo se convirtieron en urgencia para trepar y huir gritando. Inma también se asustó, así que, rezongando, pero siguió a su hermano.

Una vez arriba, se asomó al hueco y amenazó con el puño a la oscuridad.

—Volveré, Cúlebre, y te atraparé. Volveré… con un móvil con linterna.

La cueva del Cúlebre - El Diario Montañés
Eduardo Noriega

Eduardo Noriega

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