El banco más bonito del mundo – El Diario Montañés

Hace años se notició que el banco más bonito del mundo estaba en Galicia, en los acantilados de Loiba. Y solo porque alguien lo escribió en el respaldo. Ya ves tú…
El banco más bonito del mundo

La belleza tiene la gran cualidad de ser tan subjetiva como se quiera. Ya puede decir quien sea que un libro es el mejor, una película la más fascinante, o una persona la más atractiva. Si a uno no se lo parece, su opinión es tan válida como la del mayor experto en la materia. Alguien muy meritorio dijo una vez que «Las opiniones son como los culos: cada uno tiene el suyo…», para añadir después sabiamente «… y algunos apestan».

¿Y si aquel gallego no fuera el banco más bonito del mundo, y estuviera mucho más cerca? No será porque no haya para escoger, cada uno con su particular encanto: los hay en Gerra; junto a la ermita de la Barquera; en Labraña; justo al coronar la senda que comunica el faro y la Barra (esa que ahora está incluida como «medida compensatoria ambiental» en el proyecto, redactado de manera técnicamente infame, del Puerto Deportivo); en la campa que hace de merendero en Boria; en las playas; en la playa de Berellín en Prellezo… Tal vez a alguno hasta se lo parezca el recientemente instalado en la rampla con las letras de San Vicente. Todos tienen en común la visión de la playa o la costa que regalan a quien los usa, motivo suficiente para que sean dignos de recordar, para convertirse en un lugar al que retornar. Y seguro que aquí se olvida —o se desconoce— alguno más, también con atractivo suficiente como para figurar en este listado.

Pero la vida obliga a elegir, a tomar decisiones y, de todos los bancos «más bonitos del mundo» que podrían hallarse a tiro de piedra, tras sesudas y largas discusiones, el afortunado resulta ser uno en la playa de Fuentes, en Santillán.

También mira a la playa —una pequeña y preciosa cala orientada al norte entre acantilados enmoquetados en verde, de aguas verdeazuladas, desván de festivas memorias juveniles, recordado cementerio accidental de ballenas y, cuando las caravanas como mosquitos y otros visitantes de peor calaña así lo permiten, habitualmente tranquila y fruitiva—, pero tiene algo que lo distingue de todos los demás. Por eso es más valorado.

No está hecho con maderos perfectamente serrados, sino con troncos cortados según la necesidad, que aún conservan sus redondeces e irregularidades, recordando en un extremo incluso a las de los huesos. No tiene líneas rectas, lo que hace que se asemeje más a todo lo que la Naturaleza crea. No está en buen estado, pues la humedad, la falta de mantenimiento y el mero transcurrir del tiempo han hecho mella en él, provocando que su respaldo se haya lastimado y ya no soporte el peso de los recostados como antes. No se ha librado de los vándalos, aunque las palabras grabadas tienen otro tono, alejándose del típico y maldito «Fulano estuvo aquí» y son: «Meditacíon, Amour, Introspección, La suerte no olvida» (las tildes están traspuestas literalmente).

Pero ninguna de esas negaciones resta hermosura al banco; o a la vista que sentado en su tronco se disfruta; o a la sensación de imperfección admisible que tan interesante resulta para quien lo perfecto le resulta aburrido; o al remanso de tranquilidad que se goza con el culo aposentado en el tronco carcomido, escuchando solo el mecer de las olas que por siempre van y vienen.

Y si alguien opina de manera diferente, que venga el supuesto y sabihondo «bancólogo» y lo discuta.

Eduardo Noriega

Eduardo Noriega

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