La ciencia de la Medicina en «El Libro Lacre»

Tras unas jornadas de convalecencia, toca meditar acerca de lo que la enfermedad y su eterno rival, la ciencia de la Medicina, suponen en «El Libro Lacre».
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Cuando uno está enfermo, es cuando la ayuda médica es mejor recibida. Otras veces puede incomodarnos (cuando el tratamiento nos desagrada) o incluso asustarnos (cuando el diagnóstico es tan preocupante que puede llegar a cambiarlo todo).

¿Nos hemos dado cuenta de lo afortunados que somos por vivir en una era en la que la Medicina sabe, en 999 de cada 1000 casos, el origen de nuestros males y de normal hasta puede sanarlo? ¿O por vivir, aquellos que lo hacemos, en una sociedad con acceso relativamente sencillo a cuidados sanitarios, por más problemas y pegas que le encontremos al servicio? ¿Por cuántos siglos de nuestra existencia esto no fue más que una quimera? ¿En cuántos lugares de nuestro terruño sigue siéndolo?

Es la enfermedad el modo más cruel, pero al tiempo el más fácil de asumir, por su inevitabilidad, por su impersonalidad, que la Naturaleza tiene para recordarnos que nada somos, que nuestro tiempo aquí es prestado y que salvo excepciones demasiado poco excepcionales, la Muerte acecha. Siempre está ahí, rondando, a veces soplando al oído, a veces golpeando con saña hasta quitarnos el hálito.

Me gusta recordar, cuando pienso en enfermos célebres, este episodio de mis venerados Simpsons, en el que un humano henchido de engreimiento confunde el máximo que puede pensarse de la enfermedad con la deseada invulnerabilidad, aunque en realidad no sea más que un espejismo.

Los soldados que luchan contra este enemigo son, por ello, unos de los más loables, pese al anonimato, pese al descrédito, pese, incluso, a la violencia o el desprecios sufridos.

Más sobre la Medicina en «El Libro Lacre»:

En algún momento de su germen, «El Libro Lacre» tuvo vocación de novela en la que, entre los avances científicos que recogería el sagrado volumen objeto de tanto desvelo, habría una importante reserva para la ciencia médica. También quiso que alguno de sus protagonistas viviese de tal ciencia, desplegando auxilios a sus vecinos gracias a ella y descubriendo curaciones en cada ingrediente de una sopa o en cada baya del bosque.

No se trataba de escribir un homenaje tan detallado y completo como el que hizo Noah Gordon en su magna y entretenidísima obra «El médico», que impactó grandemente mis lecturas juveniles, pero sí debía reconocer el esfuerzo de aquellos sanadores de antaño que lo mismo te hacían una sangría para que los humores malignos abandonasen al enfermo que recetaban infusiones de malvavisco para sanar la impotencia.

Eran aquellos aventureros, muchas veces vestidos de la imprescindible ración de picaresca, zahoríes guiados por el conocimiento más pegado a la piel en mitad de la tormenta de oscuridad e ignorancia que sobre todo reinaba, en búsqueda de la sanación o, al menos, del consuelo, para aquel que tuviese unas monedas o, si no, despertase su compasión.

En las primeras páginas del texto, reconozco con orgullo que logré mantenerme fiel a esa intención. Pensaba en los médicos y barberos al escribir, en sus aportaciones, en lo que significaron para los necesitados, más de lo que ninguno de ellos podría nunca imaginar. De hecho, viendo la imagen que ilustra estas palabras, reconozco, clara como la llama en la noche, la inspiración que un día tuve para el adorno de la carreta del Viajante. No me esforcé demasiado, la verdad…

Pero, para mi desgracia, la trama fue ganando terreno a la medicina. Con el avance de la historia, el nacimiento y muerte de los personajes o la aparición de nuevas traiciones, cada vez eran menos las recetas con las que Viajante conseguía un plato de sopa en sus viajes o el detalle de los ingredientes de la bizma de turno para aliviar las múltiples heridas tras la batalla.

Pese a este reconocido demérito del autor, cuyas ideas cambiaban con la volatilidad de la orientación de la veleta, la intención de loar las ciencias con este texto, entre ellas, la medicina, es una constante, con sus altibajos, pero mantenida hasta la última de sus páginas… como podrá ver quien llegue hasta ella.

Y es en días como estos, escondido entre la crueldad con que la enfermedad atenaza, siempre, pero en ocasiones con más empeño, embozado tras los bonísimos deseos navideños, cuando la vocación de gratitud a aquellos que cuidan de nosotros y a los investigadores que han logrado que hoy la Medicina sea lo que es pisa más fuerte en mi cabeza.

Entre cuartos de hora de páginas leídas, las páginas escritas saltan para hacer cosquillas a la memoria y honrar con su existencia a los discípulos de pioneros como Galeno, Ibn Sina o Hipócrates… o, en mi historia, a Anna, Viajante, Endoc o Demelso, por citar nada más alguno de los personajes que en «El Libro Lacre» dedican sus desvelos al cuidado del otro, sea amigo o enemigo.

Felices lecturas.

Eduardo Noriega

Eduardo Noriega

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Natural de San Vicente de la Barquera, Cantabria, de las leonesas tierras del Órbigo y de otras partes del mundo por donde he ido dando tumbos…

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