Winstez, el gran mago

En mis historias, la magia es algo misterioso, complejo, científico y maravilloso. Y eso se nota con este mago: Winstez, su máximo mandatario.
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Quise, desde muy pronto, que los magos fuesen tan parte de la fantasía como de la ciencia en estas novelas. El acceso a la comunidad de magos es tan complicado que solo aquellos con una innata habilidad consiguen ser aceptados. Son partícipes de todo pero, al tiempo, gozan de la gran independencia que aporta su mayor conocimiento del mundo que les rodea.

Asesores de las más influyentes familias, protagonistas en las principales batallas, dueños de las más formidables bibliotecas, los magos son depositarios de la cultura en la sociedad de Homeria. La magia y la ciencia de la mano, primas hermanas, confieren a los magos tal poder que solo la tradición y el peso de la nobleza han recluido su relevancia al papel de asesores, curanderos y contables.

Winstez, a quien se dedican estas letras, es quien los comanda.

No recuerdo la fuente de inspiración que me condujo a ese nombre. Sí recuerdo, en cambio, que quería que acabara en Z. Sin tener razón alguna más sólida que mis impresiones, en mi mente relaciono esa letra con la magia y los magos. ¿Por la última letra del nombre del gran Tamariz? Quizá… Al final, como a la mayoría de mis personajes, lo único que exijo de sus nombres es que tengan cierta sonoridad y, si es posible, que enganchen al lector y se agarrapaten (ya lo sé, la he inventado, pero me gusta cómo suena) en su memoria.

Como buen jefe, como buen mago, tiene que mirar a sus inferiores con aire de superioridad. Es una obligación, para un mago. Esa preponderancia ha de ser, además, incuestionable. De nada vale si no es claramente perceptible por aquellos que le rodean, por aquellos a quienes sirve y, especialmente, por aquellos que le sirven a él. Ese mirar por encima del hombro al resto del mundo no resulta difícil para este mago: para él es tan natural como respirar.

Conozco muy bien esa actitud, pues es una enfermedad que padecen gran parte (cada vez menos, por suerte) de mis colegas ingenieros. Con este bagaje, resultó casi sencillo trasladar su engreimiento al papel. Winstez siente que hay gentes que, si tienen que existir, si no queda otro remedio, al menos que sean útiles: que sirvan a alguien que vale más que ellos. ¿Y quiénes valen más que los magos?

Winstez ascendió muy pronto en el escalafón de su hermandad, hasta llegar al título del que goza en esos días (probablemente el más largo de todo el libro): primer consejero del Consejo de Gobierno de los Magos, maestro de magos y catedrático de Historia y Filosofía de la Magia en Universidad de Villawiz (otra Z…). Ingresó muy joven en la isla y finalizó la Prueba de Definición (última barrera antes de ser nombrado mago) más joven que ningún. Entre ese hito y ser nombrado el más alto representante de todos los magos, no podía haber mucho.

Hacen pruebas una vez al año en su isla para entrar, en cantidad tal que únicamente suplan a las bajas (aquellos magos que hayan muerto). Superar el periodo de formación no es sencillo. Muchos son los que fracasan y salen de la Isla de los Magos sin haber finalizado sus estudios, marcados por el fracaso. Algunos mueren en el intento.

Los egresados, en cambio, serán magos por siempre. Tendrán un medio de vida hasta su muerte en esa tierra en la que tan difícil es vivir. Su primer destino suele ser alguna de las casas nobles de Homeria, donde ayudarán al régulo de turno en lo que a su arte se refiere. Eso curte a los magos que, de un día para otro, cambian una vida dura pero tranquila en su escuela, a otra más movida que la cresta de una ola.

Los magos conseguían, con esa especie de alquiler de sus servicios, estar presentes en los centros de poder. Era suficiente para poder mantener la fascinación sobre sus artes de los no magos, pero no tanto como para que la magia se convirtiera en algo tan común que perdiese relevancia. Asimismo, las familias que acogían a los magos en sus casas podían reforzar su posición de poder gracias a su labor. Siempre tendrían una deuda con el Consejo de Gobierno de los Magos. Era un mecano bien engrasado, que funcionaba bien.

Como en todo, hay magos con más y menos talento. Pero siempre estarán por encima del común de los mortales de Homeria, al menos en cuanto a capacidades. Por eso son tan pocos. Esa limitación es, al tiempo que una de sus más grandes fortalezas, una de sus debilidades: la restricción del acceso a sus arcanos secretos impide a su gremio crecer en número y, con ello, en poder. Los contrarios, siempre presentes, tan cerca uno del otro. Por si fuera poco, su orden es tan machista que solo existe una maga: Dulce, experta en magia de seres vivos, la excepción hecha maga por mor de unas cualidades innatas para la hechicería.

Más sobre el mago Winstez:

Winstez representa todo lo anterior: la altivez, la dedicación a su misión, la superación de todos los obstáculos, el profundo conocimiento del medio y sus posibilidades mágicas, el dominio por sobre los hombres, la visión de lo que ha de ser, y que no es, el mundo en el que vive…

Cuando joven, Winstez superó un accidente en batalla, estando al servicio del conde de Otonomia de entonces. Aquello dejó en él una huella en forma de cojera en su pierna izquierda, que arrastra, nunca mejor dicho, en la época de la historia. Lejos de suponer un impedimento, esa tara confiere una respetabilidad aún mayor, adornada por un elegante bastón que suele llevar consigo.

Si esto se mezcla con su porte distinguido, su elevada estatura, su estricta mirada añil, su gesto serio y su fina túnica púrpura con dorados remates (señal de su rango dentro de la orden), se obtiene la imagen de Winstez, el gran y distante mago, que os presento gracias a la hábil pluma de Ángel.

Los magos son tan determinantes en las contiendas como los guerreros. O más. No en vano existe en Homeria una máxima que reza “Más vale un buen mago en la batalla, que el mejor soldado y la mayor muralla”.

Felices lecturas.

Eduardo Noriega

Eduardo Noriega

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