Los personajes nuevos

Los personajes nuevos son como la lluvia en un campo sediento: unos pocos con cierta frecuencia están bien; demasiados, pueden arruinarlo todo.
220912 nuevos personajes

Ignoro lo que le sucederá al resto de autores con sus criaturas. En mi caso, que hasta la fecha es el caso de «El Libro Lacre», los personajes nuevos se antojan algo que da vitalidad a la narración. Pienso en ellos como elementos que destierran el aburrimiento de la historia que conocemos, al hacerla parecer nueva con su sola presencia… sin pasarse.

Como casi todo en la vida, y con esto no iba a ser distinto, el exceso, en cambio, puede resultar perjudicial. Cuando la trama de un libro se complica tanto que alcanza la desmesurada cifra de más de ciento noventa personajes en total (sí, llevo la cuenta… otra de mis manías), cada personaje nuevo aporta quizá cierta complejidad que no siempre es bienvenida para algunos lectores.

Otros, sin embargo, lo agradecen, pues cada nuevo actor de la obra, tenga lo que tenga, enriquece la trama.

Así pues, este humilde literato se halla ante la duda, no precisamente pequeña, de si conceder o no un lugar en su historia a nuevos personajes, cada vez que su mente le sugiere tal cosa.

En la última entrega, por hablar de números concretos, aparecen cuarenta personajes que no habían visitado Homeria en los dos libros anteriores. ¿Son muchos cuarenta personajes en un libro que, antes de su aparición tenía ya más de ciento cincuenta? Como ocurre con los culos, cada uno tendrá su opinión al respecto.

Una cuestión lógica, pero no de poca importancia es que, una vez presentada la trama, la aparición de nuevos personajes debería ir disminuyendo. Solo habrán de tener su espacio los meramente decorativos o aquellos que sean realmente necesarios para el desarrollo de la historia. Después de que en «Todos los días muere alguien» los principales espadas hicieron su aparición, el espacio para los nuevos personajes se va achicando con cada capítulo. Otra razón para tener cuidado.

Vamos a continuar echando números, como mero ejercicio mental que a mí se antoja una curiosa diversión…

En ocasiones, estos recuentos pueden llevar a curiosas conclusiones. Cuarenta personajes nuevos entre las 513 páginas de texto del libro (restando la introducción, índice, apéndices, etc.) significa que aparece un personaje nuevo cada poco más de trece páginas. ¿Tiene suficiente entidad la narración presentada en esas trece páginas para que deba presentarse un nuevo partícipe que las retoque a su gusto?

Esta comparación numérica y literaria es, evidentemente, una pequeña (o grande) tontería. Algún personaje nuevo tendrá entidad como para permanecer en la historia. Esos pueden tenerse en cuenta en esta valoración. Otros se evaporan, no voy a desvelar de qué forma, apenas aparecen. Nada significan, pues, para una cuenta como esta. De modo que, para esta cuestión en particular, andar calculando medias no se me antoja nada aplicable.

Más sobre los personajes nuevos:

Alguno de esos personajes nuevos goza, desde casi la primera vez que escribí su nombre (antes incluso: cuando lo pensé) de mi simpatía. Esto contribuye, gracias a la subjetividad inherente a la escritura de un libro de ficción, a que permanezcan vivos a lo largo de más páginas. Y cuando escribo «vivos» no lo hago en sentido literal: un personaje, como sucede fuera de este mundo, puede ser importante para la trama, para la existencia, incluso tras haber pasado a mejor vida.

Al final ha de tomarse una decisión. Uno no puede dejar el libro atascado en algo como esto. ¿Que te has quedado sin ideas? Tiene un pase. ¿Que no sabes qué final darle a alguien o a algo? Se acepta por un tiempo. ¿Qué te has enrollado tanto que la salida del laberinto en el que tú solo has entrado es fea, mala y aburrida? Mi pelea de todos los días.

¡Bastantes asuntos pueden ya poner zancadillas a la hora de escribir, como para quedarse bloqueado por algo de este calibre!

Sigo: ¿cuál es el número adecuado de personajes nuevos a incorporar en cada libro de una misma serie?

O algo que podría parecer obvio pero, en este caso al menos, no lo es: ¿quién toma esa decisión?

Animado por mi sempiterna vagancia, he de confesar que para «El Libro Lacre» lo hemos hecho al alimón quien firma estas letras y la narración en sí misma. Son su ritmo, sus necesidades futuras, las consecuencias de los giros en el argumento, los viajes del resto de personajes (cuanto más se mueven es más probable que aparezcan caras nuevas) y, al cabo, la propia historia, quienes plantean a mi mente enferma la necesidad de que nuevos jugadores salten a este terreno de juego tan pisado ya por otros.

Y yo, obediente, suelo acatar lo que mi propia historia aconseja.

Ignoro si la cuenta final resulta adecuada o infumable. Solo queda confiar en que los novatos que asoman su cabecita a este tercer tomo hagan de la historia algo más divertido y que la consecuencia final, además de poder hacer pensar un poquito, sean unos ratos de felices lecturas.

Eduardo Noriega

Eduardo Noriega

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Natural de San Vicente de la Barquera, Cantabria, de las leonesas tierras del Órbigo y de otras partes del mundo por donde he ido dando tumbos…

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