Las revisiones

Obligado por la actualidad (es la fase en la que me hallo ahora), las revisiones se merecen un lugar entre estas notas.
Revisiones

Cuando pienso en las revisiones, me viene a la cabeza que, ya sea por cabezonería, vagancia, o por falta de ocasión o tiempo, no he recibido enseñanza alguna acerca del método a la hora de escribir. Esos talleres de escritura que de tanto en tanto se anuncian por ahí, de seguro tan útiles para quien intenta colarse en este mundo, hasta hoy me son totalmente ajenos. No presumo ni me avergüenzo de ello: es un hecho.

Lo primero que llega a mí cuando me pongo delante del ordenador es la historia. Lo hace como un torrente crecido en primavera: nacido de algo que ya sabes que está ahí, pero que cuando comienza a correr, lo hace a lo bruto, sin freno. Pongo negro sobre blanco la trama según mis dedos teclean, desarrollando detalles, personajes y matices a medida que lo hago. Es el momento creativo. El momento más divertido, sin duda.

Pero es imposible (al menos en mi caso) que eso que surge de la primera vuelta del campeonato literario tenga la calidad, la forma, el ritmo y, al fin, las palabras precisas que busco.

Me gustan las cosas bien hechas y, como no puede ser de otro modo, es lo que pretendo de lo que escribo. Es evidente que, aunque terminase completamente satisfecho (algo que nunca ha sucedido: siempre creo que lo puedo hacer mejor), nunca podré saber si lo he logrado. También es para mí incuestionable que la decisión final pertenece solo al lector. Puede que, si acaso, por mor de la cuestión pragmática, también a ese ente llamado editor.

De ahí, de la insistencia en hacer las cosas lo mejor posible, nace mi necesidad de revisiones en un texto.

Más sobre las revisiones:

Supongo que estas revisiones de mis textos eran algo bastante predecible para alguien que se ha pasado veinte años revisando y controlando obras a lo largo y ancho de media España. Los modos y el método son distintos para una revisión de una obra y de un texto, pero el fondo es el mismo. Simplemente se busca que algo esté hecho de la mejor manera posible.

Hay muchos conceptos en los que centro mis esfuerzos revisores (los pronombres enclíticos del lenguaje en Homeria van a acabar conmigo), pero uno de los resultados más inmediatos es la reducción del tamaño del texto. En el primer asalto, el creativo, da lugar a un escrito, mejor o peor estructurado, que ya contiene el 99% de la historia y los personajes. Pero eso, por una razón que solo puede achacarse a mí, es laaaaargo. ¿Demasiado largo? Seguro que sí.

El caso es que, pensando en mis lectores (esos a los que quiero ofrecer el fruto de mis esfuerzos), lo primero que hago es reducir la extensión del texto.

Siempre es más sencillo borrar que añadir. Por eso mi punto de partida, la revisión cero, es todo ese texto que sale a chorro. Después voy puliendo, acortando, esa primera versión. Ese corte y limpieza mutila o directamente asesina algunos párrafos, frases o partes de ellas que, sin ser imprescindibles para el seguimiento de la trama o el conocimiento de los personajes, brotaron por su cuenta en ese primer instante.

No lo tomo como algo negativo pues, aunque elimine parte de lo que creé en su día, con esfuerzo en algún caso, con gran satisfacción en otros, lo hago firmemente convencido de que es por bien del lector. Y, sobre todo, por el del texto. Lo hago incluso con esto que estoy escribiendo ahora.

A veces resulta difícil, no puedo negarlo. Descartar parte de una descripción que, tras acabarla, aunque contento en primera persona con el resultado, sepa puede cansar, aburrir o incluso hastiar al lector, no es plato de buen gusto. Y solo porque que en mi cabeza ocupó una página entera y, al trasponerla al papel, engordó todavía más.

He de tomar la (dura) decisión entre cómo me gustan y surgen de mí las palabras y cómo quiero mostrarlas al mundo. Hallar la intersección entre despertar en el lector un interés por la historia que haga que vuelva la página y siga leyendo, la satisfacción egoísta por lo escrito y, sobre todo, la calidad, belleza y contenido del producto final, no es sencillo.

Pero nada que merezca la pena lo es.

Esto tiene una consecuencia que me hace gracia cuando pienso en ella. Quizá, con el tiempo, si algún día (cuando algún día 😉) mi obra alcanza la notoriedad que merece, esas primeras versiones del texto se convertirán en versiones extendidas de mi obra, plagiando la definición de algo que puede encontrarse por ahí. Tal vez algún admirador compre alguna en una subasta por un montón de dinero… aunque para entonces no lo disfrutaré: ya estaré muerto.

Felices lecturas.

Imagen de Mohamed Hassan en Pixabay 

Eduardo Noriega

Eduardo Noriega

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Natural de San Vicente de la Barquera, Cantabria, de las leonesas tierras del Órbigo y de otras partes del mundo por donde he ido dando tumbos…

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