Las obras de ingeniería

Era inevitable que, dada la profesión que me da de comer (hasta hoy), un día tocase hablar de las obras que “construyo” en la tierra del Libro Lacre.
obras

Soy ingeniero. Ingeniero de obras civiles. Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos (lo digo completo, porque no me gusta hacer de menos a los canales o los puertos, como se hace al llamarnos solo “de caminos”, aunque tan largo suene pedante). También intento ser escritor, y de esa otra parte van estas palabras. Pero las obras y la ingeniería llevan conmigo muchos años y creo que todavía estarán unos cuantos más.

No soy el primero de mi gremio, ni el último, que combina ambas aficiones. No es un dato muy conocido, pero el primer Premio Nobel de literatura español fue un colega, José Echegaray. Era una época en que los sabios lo eran tanto que sabían de todo, lo que incluía las letras y las ciencias. Y además de él, hubo (hay) otros insignes ingenieros que han llevado con orgullo tanto su profesión reglada (aquí incluyo a los ingenieros técnicos de obras públicas, por supuesto) como su pasión y capacidad literaria, como el gran Juan Benet. Yo intento colarme, a hurtadillas, en su elitista club.

El caso es que cuando pienso en Homeria, cuando imagino sus paisajes, sus ciudades o sus edificios, la parte ingenieril que hay en mí no puede desaparecer. Me ha dado por hablar de sus caminos, de los materiales que los componen, de sus cunetas, de los muros, norias y molinos, torres y castillos, puentes, túneles… Y en cada uno de ellos, sin querer, han salido a relucir los esfuerzos que resultaron en esas obras, esas maravillas. El mundo es diferente en Homeria: no había ingeniería, sino artesanía. Pero, aunque ellos no lo supieran, los homerinos hacían ciencia al poner piedra sobre piedra en sus obras. Y así lo desvelo en los libros.

He acortado (amputado más bien) alguna parte en que me explayaba sobre esas cuestiones, para no resultar demasiado técnico o apartarme en exceso del ritmo de la narración. La idea siempre fue aportar información que ayude a comprender cómo son Homeria y sus habitantes, más que incordiar con detalles exagerados. Algo así como sugerir las preguntas y respuestas que vendrían a nuestra cabeza si paseáramos por esos paisajes imposibles y, sin embargo, en ocasiones, tan cercanos al mundo real.

Más sobre las obras y la ingeniería en Homeria:

Porque en Homeria hay obras, grandes obras: el Puente Miliar, el Camino Real, la aceña del Hoizu, el espigón de Verdelineta… En cada una de ellas podría condensarse el poco saber de ingeniería que pueda tener el autor y combinarse con el arte de los homerinos responsables de esas construcciones. Del arte a la ciencia hay, en ocasiones, una separación muy fina. Algo tan newtoniano como el método científico, no deja de ser más que el “prueba y error” de toda la vida acompañado por una libreta de notas y solidez deductiva.

La ingeniería y las obras están presentes en más partes de los libros: cuando narro el tiempo que ha tardado un ejército en ir de un lado a otro, por ejemplo, lo hago calculándolo en función del estado de los caminos que recorren, los medios de transporte utilizados, la distancia que reflejan los mapas, etc., hasta tal punto son importantes en la trama las infraestructuras. Salvo error u olvido, todo está pensado, aquilatado y encajado para que no haya imposibles en la narración.

Y los grandes edificios: el Palacio de Jade, El Risco, el Templo Rosado… a esas obras también dedico parte de mi imaginación y de mi esfuerzo descriptivo. Para alguien que piensa que desde la Sagrada Familia los humanos ya no sabemos hacer iglesias, dar a luz obras como esas en mis páginas es una pequeña satisfacción, sabiendo que nunca van a salir más allá del papel (como mucho, si cae una estrella, saltarán a la pantalla 😆).

Como colofón, mención a las imágenes que decoran ese apartado tan subjetivo de la web que llamé “Mis cosas”. Ahí, además de mi gusto por la hidráulica, puede adivinarse otra afición por un tipo particular de obras: las hidráulicas. En todo caso, más obras. De relevancia estas, dignas de estar en Homeria aquellas, conocidas en persona unas, admiradas otras, hermosas todas. Como el paisaje vasco que decora esta entrada, que seguro alguno reconocéis: una obra digna de figurar entre mis panoramas homerinos, de la que he querido mostrar una visión algo alejada de la foto de postal. En ella puede apreciarse el mérito, el esfuerzo o la complejidad, casi tanto como la belleza.

Felices lecturas.

Eduardo Noriega

Eduardo Noriega

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