Las estaciones

Quería haber escrito sobre las estaciones hace días, cuando tocó cambiarla… pero el tiempo se me echó encima.
220926 las estaciones

Después del tonto juego de palabras, puedo mostrar las estaciones en Homeria con un poco más de criterio. La cuenta del tiempo fue uno de los hitos más relevantes a la hora de crear el universo en el que el Libro Lacre tiene tanto protagonismo. ¿Cómo si no? Pocas cosas tienen más importancia que aquello que determina cómo damos cuenta del transcurrir del tiempo.

Tanta relevancia he concedido a la cuestión, que hasta tiene un apéndice para ella sola en los libros.

Lo primero que imaginé de Homeria, antes de pensar incluso en tiempos o estaciones, fue la aldea inicial a la que, tras el encuentro Lenn – Córnel en el Bosque sin nombre, se dirige la acción. Su nombre terminó siendo La Piedra. Inmediatamente después, sin apenas bosquejar lo sucedido en el primer capítulo, supe que debía darle forma al decorado de la historia.

Eso significaba no solo pensar en ciudades, territorios, cordilleras, ríos y mares (que llegaron antes que la mayoría de personajes), sino también en cuestiones menos geográficas y más cósmicas. ¿Tiene este nuevo universo forma de planeta o cualquier otra distinta de las que habitualmente imaginamos? Supuesto un planeta, ¿tienen conciencia de ello sus pobladores? ¿Tiene satélites? ¿Cuántos? ¿Tiene soles u otra estrella que aporte calor y luz, vida al cabo, a ese mundo?

Crear todo un universo permite alterar las leyes que lo rigen y, por un instante, estuve tentado de hacerlo. Pensé en varios soles, lo que daría una multiplicidad de estaciones y una duración de los días distinta. Pensé en varias lunas, lo que aportaría unas mareas, y gravedades y tipos de noches tan distintos a los nuestros que permitirían enormes posibilidades. ¿Qué tal una especie de planetoide? No algo tan dispar como el del mundo plano, los elefantes y la tortuga del Mundodisco de Prachett, pero sí con una apariencia distinta de nuestra querida y denostada esfera terrestre.

Todo un mundo, tan distinto del nuestro como se me antojara…

Pero, al tiempo, tenía muy claro que la narración debía tener gran protagonismo. Además de un libro de fantasía, casi por encima de esta consideración, estos son, en mi cabeza, libros de aventuras. Por ello, no debía exacerbar las diferencias en todos y cada uno de los aspectos de este nuevo mundo respecto del nuestro, si eso podía desviar en exceso la atención de la trama.

Lo medité más de lo que nunca hubiera supuesto. Al final, firmé un acuerdo de estaciones conmigo mismo y Homeria terminó siendo UN gran continente en UN planeta, con UN sol, UN satélite y con CUATRO estaciones. El resto, ya podía (pudo) tener la forma que a mi mente trastocada se le antojase.

Más sobre las estaciones:

Quise que la cuenta del tiempo fuese diferente. No en lo más inmediato (días, noches y horas, pues esto alteraría en demasía la estructura de mi relato) pero sí en lo demás. Homeria es un mundo que, todavía, tiene su economía basada en el sector primario. Por ello, el discurrir de las estaciones y sus consecuencias en la agricultura, ganadería y pesca marcan gran parte de la vida y el vocabulario de sus pobladores.

Así, no serían doce (como en el calendario juliano) periodos con nombre de meses los que conformarían un giro de traslación completo. Ni se llamarían así, derivados de la palabra latina para luna, con aparentes raíces griegas. Esta decisión vino obligada por mi empecinamiento en evitar las referencias clásicas en la historia. En Homeria no existieron griegos no romanos. Estuvieron los Antiguos, de los que hablaré otro día.

No. Serían un número de periodos más relacionado con cómo es el tiempo (atmosférico) en Homeria. Y se llamarían… pues como un periodo de tiempo: ciclo. Ahí no me estrujé demasiado las meninges. Me pareció un nombre tan simple como apropiado.

Otra cosa fue ya el nombre cada uno. De nuevo relacionados con la meteorología, la sociedad y el aspecto del mundo reinante en cada época del año, acabaron siendo los que ya conocéis: Gélido, Nubloso, Florido, Tórrido, ciclo de la Cosecha y Senescente. Cada uno equivale, pues, a unos dos meses de los que conocemos. El año comenzaría el primero de Gélido, dando una cierta continuidad a la cultura occidental con su inicio y fin de año en pleno invierno. Herencia innata, supongo.

Me gustó, y me llevó su tiempo, pensar en qué hito en la historia de Homeria marcó el inicio de la cuenta del tiempo. En un mundo sin religiones, aunque en su protohistoria existieran, debía ser otro acontecimiento el que marcara el momento cero.  No podía ser el nacimiento de ningún profeta. O su muerte. Pero debía ser algo de alcance global. ¿Qué mejor, para esto, que la aparición de un meteorito que estuviera a punto de destruirlo todo? En un nuevo alarde de imaginación, lo llamé la Gran Caída.

Con esto, que no fue poco, ya tuvieron los personajes encaminada su ruta hacia cualquier lugar de Homeria… en cualquiera de sus momentos, en cualquiera de sus estaciones, en cualquier instante de su tiempo.

Felices lecturas.

220906 entrevista en elescritor.es
Eduardo Noriega

Eduardo Noriega

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Natural de San Vicente de la Barquera, Cantabria, de las leonesas tierras del Órbigo y de otras partes del mundo por donde he ido dando tumbos…

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