La Peña del Zapato – El Diario Montañés

Nada nuevo bajo el sol si se alaban las playas de San Vicente de la Barquera.
05 La peña del zapato

Las hay grandes y pequeñas, salvajes y domesticadas, abiertas y escondidas y, aunque parezcan adjetivos inusuales para algo como las playas, también nuevas y veteranas. Por tener, desde hace unos años, incluso tenemos una especializada para admitir a los amigos caninos. Bravo.

Por una razón meramente cuantitativa, y por cercanía sentimental también, la escogida para estas letras es Merón.
De la finura de su arena es clara evidencia su pendiente. Diríase casi horizontal, como demuestran los partidos de fútbol que se llevan jugando desde hace tanto, sin que nadie se haya quejado por una inclinación excesiva del terreno de juego. Hay una fórmula matemática muy conocida que relaciona directamente ambos parámetros (el tamaño del grano y el perfil de la playa: fórmula de Dean y siguientes, por si hay algún curioso), de existencia innecesaria con solo acariciar los minúsculos granos de arena y admirar la visión que ofrece Merón en bajamar.
Paseantes, bañistas de sol y agua, surfistas, mirones, corredores (me niego a escribir “runners”), domingueros, locales y foráneos… Todos gozan de la playa, ya sea cuando el sol la ilumina y hace brillar las aguas del Cantábrico tanto como el propio arenal, ya sea cuando un tiempo no tan bonancible hace del paseo un ejercicio para el que se necesita un poco más de aplomo y bastante más ropa. Desde el Puntal al Cabo, concurrida o desierta, parece hecha entera para ser disfrutada.

Pero, ¿quién manda en la playa? ¿Acaso los socorristas desde sus torretas? ¿Las edificaciones que desde Labraña o Gerra observan en la distancia y disfrutan de una vista inmarcesible que nunca defrauda? No, quien gobierna a su antojo en la Playa de Merón no es otra que la Peña del Zapato.

Da cuenta de su importancia que sea llamada ”peña”, en singular, cuando en realidad es un conjunto de varias rocas, unificadas en una sola palabra para los que a su lado deambulan sin prestarle atención, ignorantes de su dominio.

Es el símbolo vivo, aun formada por piedra muerta, de la inmutabilidad de aquello que es más fuerte que los elementos agresores que lo rodean. Lleva eones ahí plantada, y nada puede con ella. Ni las periódicas marejadas que de tanto en tanto trasladan cantidades ingentes de arena de un lado a otro, provocando que ese suave perfil de la playa antes citado se asilvestre y acabe creando pequeños barrancos arenosos allí donde la playa acaba y comienza la ocupación humana. Ni los argayos —que han afectado inmisericordes hace nada a parte del risco— se atreven con la Peña del Zapato, sabiamente ubicada allí donde no pueden llegar siquiera a rozarla. Los argayos volverán, sin duda, pero no domeñarán a esta roca.

Al tiempo, también es muestra de cómo la percepción que de las cosas se tiene, cambia a medida que cambia el observador. El zapato que le da nombre, tan representativo y visible, se disipa en nada al acercarse. Desaparece. Muestra entonces su otra forma: la de un grupo de rocas lijosas, pardas —puede que hasta peligrosas— que el incesante ir y venir de las olas ha abandonado ahí a su suerte.

Lo que no cambiará nunca es lo que disfrutan los niños jugando a su vera, en esos charcos cálidos por el sol, piscinas naturales óptimas para los pequeños que chapotean rastrillo en mano cuando la marea baja y los restos de ocla se dejan sentir.

Todo sucede allí, donde nace el señorío de la Peña del Zapato, Reina de Merón.

05-La-pena-del-zapato-El-Diario-Montanes
Eduardo Noriega

Eduardo Noriega

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Natural de San Vicente de la Barquera, Cantabria, de las leonesas tierras del Órbigo y de otras partes del mundo por donde he ido dando tumbos…

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