La Muerte vence a la Ciencia

Es descorazonador, pero cierto: la Ciencia nos ha fallado. La Muerte gana la partida.
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Nunca he sido muy amigo de las clasificaciones, aunque entiendo su utilidad. Atendiendo a una de ellas, estos libros con los que trato de entretener al mundo, y de autocomplacerme, son básicamente libros de aventuras… y amigos de la Ciencia. Narran viajes, situaciones extraordinarias vividas por personajes más extraordinarios aún, muertes trágicas, vidas heroicas, luchas y rendiciones, victorias y fracasos, búsquedas y hallazgos, amor y odio, investigación y decepción. De ahí que los considere aventureros. Lo de la Ciencia lo explico luego.

Supongo que también son libros de fantasía, por tener lugar en un mundo inventado y con participación de criaturas que no existen en el nuestro, entre otras cosas. Pero, en primer lugar, son libros de aventuras. Me gustaría llamarlas aventuras científicas (desde luego no son ciencia-ficción), sin saber siquiera si ese género existe.

Porque, según cómo se lean, pueden ser mucho más. Así sucede con todos los grandes libros, que tienen muchas interpretaciones. No soy quién para decirlo de los míos, desde luego, pero las ópticas con que he ido pariendo cada parte son muy variadas… siempre sujetas a la coherencia de la trama principal, claro.

Una de esas visiones que pueden hacerse de esta historia es mi pretendida ponderación de la Ciencia. Así, con mayúscula, pues le doy un trato alegórico y protagónico. Creo que no está en absoluto reñida con la cultura en general, o con la literatura en particular. Así lo pienso desde siempre y así trato de hacerlo ver en mis textos.

En esta historia hay un amor declarado a los libros y a lo que encierran, ya sea para divertimento o para aprendizaje. Hay personajes que viven de lo que hoy serían pequeños avances científicos, pero que en aquella época y en aquel lugar constituyen un escalón desde el que mirar el mundo con mayor claridad. Hay algunas (¿demasiado pesadas?) menciones al porqué de las cosas, extraídas de mi curiosidad, de lo aprendido y de lo experimentado en mi vida profesional.

Y también hay referencias al método científico, a la explicación de sucesos que en aquella época la gente ignoraba, a la magia como una especie de pseudociencia y a los magos como gentes que dedican al estudio de su entorno un importante esfuerzo, con logros que los sitúan por encima del resto de su sociedad.

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Por eso, cuando la Ciencia se demuestra incapaz ante los retos que definen nuestra vida, algo en mí se viene abajo. Y ha fallado. En este mundo en el que evitan la muerte de un tipo trasplantándole el corazón de un cerdo, modificado genéticamente para que le encaje como un guante, la Ciencia no sabe lidiar con un virus cuya muerte se consigue con algo tan simple como lavarse las manos.

Sé que no es solo la Ciencia la culpable, y mucho tienen que ver la idiocia, la codicia, la irresponsabilidad o las aspiraciones de los hombres. Da igual de quién. Son demasiados. Pero, incluso contando con ello, la Ciencia debería haber podido salvaguardarnos. Y no lo ha hecho. Al final, incluso la Ciencia depende de los hombres. Es la Muerte, esa otra gran presencia en mis historias (en todas las grandes historias), quien vence.

Como todos somos egoístas, yo el primero, me salió en primer lugar buscar las cifras de España (aun sabiendo perfectamente que las estadísticas dicen lo que aquel que las fabrica quiere que digan). Pero luego no pude evitar sacar las de todo el mundo. Ahí va, actualizado a fecha de hoy: 140 muertos diarios en este país los últimos días (91.741 desde el inicio) y más de 10.000 en todo el mundo solo ayer (más de cinco millones desde el inicio). Eso es un muerto cada 10 minutos aquí y cada 8 segundos en todo el mundo.

La Ciencia ha perdido este partido. La Muerte, como siempre, termina venciendo: en mis historias, también (¿?). Aunque nosotros, también como siempre, seguimos adelante.

Felices lecturas.

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Eduardo Noriega

Eduardo Noriega

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