La muerte II

He hablado más veces de la muerte pero, en un día como hoy, es inevitable volver a hacerlo.
220717 la muerte

Una de las cosas que más me fascinan de la muerte, entre otras muchas, es su capacidad para mostrar lo peor y lo mejor del ser humano. Y no me refiero al provocarla o al evitarla. Sino a lo que sucede después. Cuando alguien muere, optamos por acordarnos solo de lo bueno o solo de lo malo que dicha persona significó para nosotros. Es algo tan subjetivo como muy pocas otras cuestiones y, en ocasiones, inevitable.

Esto provoca que haya veces en que se lanzan loas tan hipócritas como babosas al acérrimo enemigo, una vez que ha caído. Esto provoca gestos de incredulidad en el resto del mundo, incapaz de asumir que pudiera tenerse en buena estima a alguien a quien se ha estado apuñalando tanto y tan fuerte… hasta que murió, claro.

Otras muertes, en cambio, visten del negro de la perfidia absoluta a quien nos hizo alguna faena que, mira tú, es lo único por lo que se le recuerda una vez finado. ¿Y los pequeños favores? ¿Y las indiferencias? ¿Y los olvidos? Nada son, al compararlos con aquel día que cometió la vileza aquella, tan enorme, tan imperdonable, que envió al infierno para siempre a tan malvada criatura, indigna de llamarse humana.

La muerte funde los grises en blanco o en negro. Nos uniformiza y nos clasifica. Muy pocos se libran de esa categorización en buenos y malos tras morir. La complejidad de las personas, de todas ellas, algo tan inherente a nosotros como el latido de nuestros corazones, huye al ver a la muerte, y poco queda de ella tras su paso.

Los personajes de un libro, que también sufren nuestra tendencia a clasificarlos como héroes o villanos, padecen el mismo mal, con la diferencia de que, además, el resultado de nuestro juicio es eterno. Quedan pintados como adalides de la nobleza o portadores del mal para todo el resto del libro, una vez mueren. Un personaje que, al morir (mucho peor sería si sucediera antes de que acaeciese su muerte), nos resulta tibio en cuanto a su bondad o malicia, es un personaje que nos es indiferente… Y la indiferencia es de lo peor que puede decirse de cualquier personaje pues, en ese ámbito, indiferente equivale a prescindible, prescindible equivale a sobrante y sobrante equivale a texto de relleno.

En alguna, rara, ocasión, una revelación póstuma de algún pasaje que había quedado oculto puede hacer que esa clasificación del personaje tras su muerte cambie. Entonces, el villano pasará a ser héroe, o al revés. Hay sorpresas que vencen a la muerte. Pero, de nuevo, será una u otra cosa para siempre. Los muertos no fueron «unas veces bueno y otras veces malvado». No existen medias tintas para la muerte.

Más sobre la muerte:

Una de las aventuras que intento recorrer en la historia de El Libro Lacre es la utopía de un mundo sin religiones.

También ahí entra la muerte con paso firme. De hecho, la muerte es, para las religiones, como la llave de un coche para todos los poseedores de uno: es el punto a partir del cual puede comenzar a disfrutarse aquello que nos han prometido, el momento a partir de donde se ve si nuestro esfuerzo (al comprar el coche, al vivir nuestra vida conforme a los preceptos religiosos) ha sido en balde o no.

La necesidad de consuelo para algunos tras la muerte de un ser querido es otro de los espacios en los que las religiones mejor se desenvuelven. Cuando la pena es tal que no hay compañía que pueda confortarnos, las religiones abren su abanico de lugares comunes, buenos deseos y mejores palabras y llegan a suplir el abrazo amigo con tanta eficacia como durabilidad.

Todas las religiones tienen en la muerte uno de sus puntos centrales. En la manera de tratarla, de alabarla, de definirla, de vestirla, de ritualizarla o de discriminarla, puede verse cómo es una religión. O una cultura. Así de presente está la muerte en nosotros. Así de importante es. Pues pocas cosas hay más importantes en la vida que la muerte.

Establecer paralelismos entre las muertes que nos inspiran y las muertes reales que nos golpean cada día es algo tan certero o errado como cercano pueda hallarse el fallecido de ser él mismo un personaje. Hay personas que aspiran a ser personajes. Unas pocas lo logran. Otras, ni quieren serlo ni lo son. Y algunas, extraordinarias como el más grande personaje del más grande relato, son tan cercanas a nosotros que nunca llegarán a ser personajes, pues entonces, estarían convirtiéndonos a nosotros, seres de carne y hueso, en otro.

Son esas muertes, las más cercanas, las más grandes, las que nos guiaron cuando pequeños, las que nos sonrieron cuando grandes, las que nos hicieron reír… esas son las muertes que quedarán impresas en nosotros para siempre. Como la de ayer. Y así será, hasta que llegue la siguiente. Porque la muerte nunca acaba, nunca pasa de moda.

Descansa en paz. Felices lecturas.

Eduardo Noriega

Eduardo Noriega

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