La ciencia, el Libro Lacre y los virus

Cualquiera que me conozca sabe que me gustan las ciencias.
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Que me gusten las ciencias no significa, en absoluto, que sepa de ellas tanto como quisiera. Más bien lo contrario. Me considero alguien que sabe muy poco pero de muchas cosas, la mayoría de ellas de escasa utilidad, aunque puedan quedar bien en una conversación entre cuñados.

Esta afición es, sin lugar a dudas, uno de los pilares en los que se asienta mi historia de El Libro Lacre. De la Ciencia nace el gremio de los magos. En la Ciencia tiene su origen la capacidad de Córnel para interpretar con clarividencia cuanto sucede a su alrededor. Gracias a la Ciencia disfrutamos del profundo conocimiento sanador de Anna, o de la sabiduría de Viajante.

En El Libro Lacre se aprecia la diferencia entre una sociedad ignorante del porqué de las cosas y los que entienden la etiología que esculpe el mundo a su alrededor; se justifican algunas actuaciones que dan cuerpo a la trama por la creencia de que el conocimiento científico mejorará la sociedad homerina y, al cabo, se lucha por la Ciencia, con la Ciencia e incluso contra la Ciencia.

Pero, precisamente por esa afición a lo científico, de vez en cuando mi cabeza, influida por horas de insomnio o por alcoholes varios, inventa análisis de algún aspecto de la vida, o de las vidas que yo imagino, desde el punto de vista en que creo (iluso) que lo haría la Ciencia. Cualquiera de ellas, hay tantas…

El último de esos desvaríos deriva de todas las noticias catastrofistas (o realistas) que llegan a nosotros cada día, desde casi cualquier lugar. La fecha de caducidad del planeta parece ser algo que ya está determinado.

Es imposible que la precisión de estos augurios sea mucha, por la mera forma en que están construidos: se basan en datos (cuando no están inventados) que evolucionan en el tiempo, a veces alterados con unos fines, a veces con los contrarios.

Pero, en cualquier caso, son previsiones y, como tales, imprecisas, salvo que se den juntitas una serie de casualidades. Esto es todavía más cierto al hablar de fenómenos planetarios: una previsión de lo que sucederá en mi casa tiene alguna posibilidad de ser cierta; otra de lo que pasará en toda la Tierra, casi seguro que no. Al menos, no en todo.

Pero que sean más o menos ciertas o más o menos precisas no quita validez al ejercicio de imbecilidad de hoy baseado en mi manera de hoy de ver el mundo a través del cristal de la Ciencia. Dudo que la analogía sea original, pero tampoco lo pretende.

Hoy, lo siento por alguno y no lo siento nada por otros, nos he considerado, a nosotros, culmen de la creación y la evolución, al ser humano, como el plumero de la pampa del mundo. Nos he visto como un animal invasor de este ecosistema llamado Tierra. O como un virus. Quizá esto último es más adecuado, por la malignidad que le presumo.

Mirando las gráficas de crecimiento de la población mundial, o este vídeo, que a partir del 1:00 es de lo más ilustrativo, se aprecia que, a medida que han mejorado las condiciones del bicho en cuestión para su desarrollo (revolución industrial, avances sanitarios, mejoras laborales y sociales) y para su expansión (infraestructuras y medios de transporte), el virus hominum morbus ha invadido el cuerpo terráqueo y ha hecho de él su casa.

Pongamos una de esas gráficas al lado de la del crecimiento de un virus real, por ejemplo, el último con estrella en el paseo de la fama de las plagas: el tan denostado y celebrado Covid-19. A la izquierda, evolución de la población mundial en los últimos dos siglos, llegando a casi diez mil millones para final de siglo. A la derecha, evolución del Covid-19 en varios países. ¿A que asusta el parecido?

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No pasaría nada si, de igual modo que se propaga el virus, creciera también el ser conquistado: se podría prescindir de un brazo, porque va a crecer otro. Pero no… La ciencia también nos dice que una esfera es un cuerpo finito: tiene límites. El virus seguirá creciendo, pero no lo hará el espacio para implantarse. Mala cosa… salvo que se piense que la Tierra es plana y ese plano sí que es infinito, que de todo hay.

Más aún: como virus inteligente que es, el hominum morbus, priorizará su asentamiento en los lugares con mejores condiciones, hasta expropiar a la fuerza a sus anteriores pobladores, para abarrotarlos y agotarlos. A cambio, olvidará y condenará a la muerte aquellos donde no es tan fácil su desarrollo, los lugares más inhóspitos del cuerpo invadido. Esos quedarán libres del virus, sí, pero también olvidados de los cuidados que necesita el cuerpo ocupado. Nadie se preocupa por lo que no importa.

El invasor tomará de los órganos del cuerpo todo aquello que necesite, que será más y más, a medida que su población siga creciendo y necesite alimentarse. Esos órganos, poco a poco, o mucho a mucho, comenzarán a fallar, sin posibilidad de trasplante porque, lo siento para el que no se haya dado cuenta: no hay donante posible.

¿Habrá medicinas para luchar contra el virus? Supongamos algo fácil de visualizar: un ungüento salvador.

Seguro que sí, pero el cerebro atacado por el hominum morbus deberá convencerse, persuadir a todo el resto, de que realmente lo necesita. Si no, o no se aplicará la pomada salvadora, o lo hará nada más que en la parte del cuerpo que ha priorizado, porque no ha podido pagar toda la crema que hubiera querido o porque hay zonas de su cuerpo que, simplemente, no quieren esa medicina.

¡Ah! Y no podemos olvidar una cosa: cualquier medicamento necesita de un tiempo antes de comenzar a hacer efecto… esperemos que para entonces, cuando hayamos conseguido aceptar medicarnos y cuando el remedio sea ya efectivo, el virus no haya ocupado ya todo.

¿Hay vacunas para luchar contra el virus? Seguro. En mi eterno pesimismo, yo solo veo una: la educación, esa medicina milagrosa que incluye entre sus bondades a la Ciencia.

Felices lecturas.

Imagen: pixabay.com

Eduardo Noriega

Eduardo Noriega

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Natural de San Vicente de la Barquera, Cantabria, de las leonesas tierras del Órbigo y de otras partes del mundo por donde he ido dando tumbos…

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