El sexo en El Libro Lacre (y II)

Era imposible que lo que quería contar del sexo en mis libros tuviese cabida en una sola entrada. Había que concederle una continuación...
El Libro Lacre y el sexo

Aunque decir esto sea algo parecido a una herejía, cuando me enfrenté a la cuestión, pensé en escribir esa escena sexo declarado —juro que es cierto, o así lo recuerda mi pervertida memoria—, desde un punto de vista matemático, riguroso. Analítico. Residuos de mi mente de ingeniero, supongo. En mi temprana estupidez recuerdo que con esa intención pretendía no equivocarme, no pasar nada por alto. Buscaba que el método y la técnica consiguiesen aportar calidad a algo que dependerá de muchas cuestiones, pero de ninguna de esas.

Vano amago de agarrarme a la seguridad que la Ciencia ofrece en momentos oscuros, aunque en este caso la oscuridad fuese solo porque la luz escasa favorece al despliegue de lo sensual. Eso fue al principio. Después, como si yo mismo estuviera viviendo lo que escribía, me dejé llevar y acabé tecleando lo primero que cruzaba por las esquinas más libidinosas de mi mente. Tenía que pasar.

Utilicé el sexo en la trama, fundamentalmente, para dibujar con más precisión el perfil de un personaje. Esos pasajes (comenzó siendo solo uno, pero acabaron cayendo más, era inevitable) contribuyen más a esa descripción que a la narración en sí. Si para cualquiera de nosotros el sexo es importante, también lo es para mis personajes.

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En un lugar como Homeria, donde la muerte acecha tras cada recodo del camino, el sexo no es lo primero en lo que uno piensa cuando se levanta. Pero tiene su relevancia. No hay en Homeria tantos tabúes como en el mundo de nuestros días, que se cree libérrimo y no es más que los despojos vivientes de siglos y siglos de represión o violencia sexual. Aquellos personajes a los que regalo alguna secuencia sexual en Todos los días muere alguien o en Sin tierra ni patria, es porque es significativa para ellos. Con tales momentos de libertad y libertinaje, así lo espero, el lector los conocerá mejor.

El primero de todos, casi un capítulo entero (se lo debía), se lo dediqué a la condesa Mongaut, Mandoline. Fue nada más que un ratito de relajo con un escudero, es cierto. Pero me gusta pensar que es muy ilustrativo de lo complejo de su mente y de su alma, así como de lo hermoso, hasta más allá de lo que las palabras pueden contar, de su cuerpo.

Solo el hecho de que no sea con su esposo, el conde Frey, ya nos dice algo sobre ella, aunque esa infidelidad tenga muchos matices. Ese capítulo es el resultado de ese desafío autoimpuesto del que hablaba en la entrada anterior. Cuando acabé de escribirlo, incluso yo mismo conocía a Mandoline Mongaut un poquito más.

Los leves tintes románticos de alguna otra parte del relato, en cambio, tienen más que ver con la historia, con la acción que se desarrolla. El amor mueve a alguno de los personajes a hacer lo que hace, en ocasiones de manera irreprimible. Pero, ¿y el sexo? Seguro que también, pero no quise aclararlo y dejé esa elipsis en el texto con toda la intención.

No soy un habitual de la literatura sexual, aunque haya consumido cierta cantidad en otras épocas y vuelva a caer en el vicio de tanto en tanto. Como os escribí hace unos días, no me refiero con esto a lo que puede encontrarse en novelas tan dispares como en Rayuela o La Regenta, que para mí tienen retazos de erotismo sublimes, inalcanzables para mis intenciones o mis habilidades.

Obras como esas poseen fragmentos que podrían llegar a excitar al lector más que cualquier película pornográfica. Con solo leer (o escuchar) la afamada descripción del beso de Cortázar en su obra maestra, sabréis de qué hablo. O con visitar el sutil, apenas apreciable, deseo, o el dolor casi masoquista por no satisfecho, contenido por las formas y los dogmas de Vetusta, que al clérigo Fermín de Pas martiriza cuando piensa en su bellísima regenta, tendréis una idea clara de a qué me refiero.

Cuando leí La Regenta, yo estaba en la lozanía de mi adolescencia (la época más imbécil en todas las vidas, no hay discusión sobre esto). Además de quedar impresionado por el libro en su totalidad, recuerdo pensar demasiado en Ana Ozores de maneras muy poco elegantes, inflamado por el arte con las palabras de Clarín y, supongo, por mis hormonas también.

O la maravillosa Lolita de Nabokov, tan sugerente y que entra tan poco en detalles, pese a haberse publicado en una editorial acusada de pornográfica. Aunque para decir cualquier cosa de ese libro no basta una sola frase. Perdón, Vladimir.

Pero no es eso de lo que trata esta entrada. Hablo de algo mucho más rotundo, visible y evidente. Tanto, que no hace falta profundizar en el texto para visualizar lo que se narra. Hablo, en suma, de lo que se cuenta en el Kamasutra, en Memorias de una geisha o en Las edades de Lulú.

Considero que es uno de los géneros más complejos para escribir. Si se quiere hacer bien, por supuesto. Mal escribe cualquiera, incluso Erika L. James y sus sombritas. Como egocéntrico involuntario que soy, lo pienso por la gran dificultad que para mí conlleva explicar como se merece, limitado por las palabras, algo que se siente con piel, sudor y corazón. Algo parecido, si bien en otra dimensión y con otro significado, de lo que me sucede con la Poesía.

Pero nunca negaré la fuerza de una escena de sexo bien contada, escrita con arte y, sobre todo, con dignidad para con sus protagonistas, por violenta, sexista o depravada que sea. No confundamos al autor con su obra. Por ese poder narrativo y, sobre todo descriptivo, del sexo en una novela, es que lo incluyo en las mías. Si algún día —o tras acabar de leer esto con un comentario que queráis hacerme— hablo con vosotros de mis libros, ya me diréis si mis referencias al sexo en Homeria son acertadas o no.

Felices lecturas.

Imagen: https://pixabay.com/

Eduardo Noriega

Eduardo Noriega

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