Avance del tercer tomo

Me preguntáis algunos, los más impacientes o curiosos, por la marcha del tercer tomo de "El Libro Lacre". Me veo obligado a satisfaceros.
220216 tercer tomo

Si soy sincero, no sé si escribir acerca de la fase en que me hallo en la preparación de esta tercera parte, este tomo aún sin nombre, interesará a alguien más que a esos aficionados locos por él. Pero, al fin y al cabo, eso sucede también con los libros. Me arriesgaré.

Estoy en la tercera revisión. La tercera revisión del tercer tomo… peculiar casualidad. Aunque pocas cosas que nacen de los números lo son. Ya he escrito aquí sobre ellas y lo que representan para mi método. En esta, pandemónium actual de mis desvelos, estoy centrándome en varias cuestiones:

  • Logrado ya reducir la extensión del texto (ha menguado, a fecha de hoy, exactamente en 22.655 palabras: eso son entre tres y cuatro capítulos medios) para que el resultado total sea menos fatigoso, continúo con el resto de trabajos pendientes.
  • En el aspecto de antiguo que quiero darle al lenguaje del texto. Esto lo intento a través del uso de términos poco habituales en nuestros días (¡gracias, diccionarios!), el uso del pronombre enclítico que he extendido más que en versiones anteriores y con expresiones de aire arcaico. El resultado no será un texto académico del estilo de los del profesor Tolkien, ni lo pretendo. Solo quiero que, al pasar las páginas, el lector pueda sentir, siquiera por un instante, que quien le habla ha nacido hace mucho, mucho tiempo.
  • Adecuar la gramática al ritmo de la narración. La acción más intensa requiere de oraciones más cortas. Esto es algo que me cuesta una barbaridad, pues tiendo justo a lo contrario. Pero también se advierte claramente al comparar los textos descriptivos o reflexivos con los meramente narrativos, de modo que hay que mejorarlo. Especialmente cuando lo que se narra es como las escenas iniciales de las películas de Bond. Por eso le estoy dedicando el tiempo que merece.
  • Y (tampoco voy a contaros todos los entresijos de esta fase) me concentro también en evitar, si es posible (siempre está primero el uso de la palabra que considero más adecuada a cada caso) palabras o expresiones repetidas. La riqueza de nuestro idioma juega a favor de este objetivo. La escasez de mi vocabulario, que crece o mengua según el día, no tanto.

Es una tarea que me resulta tan ingrata, esto de las revisiones, que hasta prefiero escribir otra entrada aquí, en lugar de avanzar en la finalización del libro. Pese a ello, no puedo evitar hacerlo, buscando la excelencia imposible y la autosatisfacción (qué mal suena esto), como conté en noviembre.

Si no tuviera ganas de que el libro viera la luz, si escribiera solo para mí, pese al disgusto que me supone, nunca dejaría de revisar mis textos. Siempre cambio algo. Mil veces que leyera este tercer tomo, mil veces que algo se vería modificado. ¿Les pasa esto a todos los escritores? Ni idea.

Más sobre el tercer tomo:

Para no acometer de mal humor esta etapa, la combino con otras:

Estoy dedicando cierto tiempo a las ilustraciones que completarán a las anteriores en este tercer tomo de ELL. La primera es una batalla. Ahora mismo, además del propio diseño, mi principal preocupación es decidir en si la divido en dos fases (cada una con su ilustración), para mostrar mejor los movimientos de los combatientes, o lo dejo en una sola. Ya veremos cómo acaba.

El título. A día de hoy tengo ante mí 35 posibilidades (se ha caído uno).

Según escribo (o reviso) voy anotando frases, palabras, que surgen y creo que tienen suficiente poder como para poder representar al libro. Algunas tienen relación directa con la historia. Otras no. No suelen incluir nombres propios: lugares o personajes.

Me gustaría que alguien que no conociese la historia sea capaz de escuchar el título y apreciarlo. O que viese el libro, allí apelotonado entre trastos viejos, cubierto de polvo, dentro de mil años, lea ese título y pueda causarle la inquietud mental suficiente como para que necesite abrirlo y sumergirse en él.

Cuando ya dispongo de una lista suficiente de títulos (al terminar la primera versión), pienso durante unos días en alguno más. Ya no tienen por qué nacer del texto. Pueden surgir de mis preocupaciones de esos días, de lo que sucede por ahí, de cualquier desvarío que cruce mi mente, de conversaciones, lecturas, películas… Antes de finalizar esta revisión habré reducido los posibles títulos de este tercer tomo a diez o menos.

Mientras, este indefenso planeta sigue envejeciendo, haciendo cabriolas con la realidad, esquivando fangales y sumergiéndose en catástrofes él solito. Y nada le importa mi tercer tomo.

Hay amagos de contiendas a nivel mundial que me confirman que nuestro mundo de hoy en día no es tan distinto de la Homeria que yo describo en mis cuentos.

Siguen creciendo los muertos por este virus tan conocido y desconocido al tiempo. Puestos en fila los ataúdes uno tras otro, en la macabra cuenta final que resultará, todavía no sabemos hasta dónde llegará.

Los juegos políticos apestan y asombran a la vez. Hasta pueden llegar a divertir. Cuesta tanto entenderlos que, si uno pensara que sus protagonistas son gentes de fiar, el escenario sería más loco que el camarote de los hermanos Marx.

Las locuras derivadas de cuestiones laborales, obstáculos nunca insalvables, hacen pensar que las normas y los trámites administrativos han llegado a situarse por encima del sentido común o las cosas bien hechas… y a nadie le afecta lo más mínimo.

En este ambiente (paro, por no extenderme más: de nada sirve quejarse), uno ha de refugiarse en las personas, aunque no las vea más que cada mil años. En las letras, aunque lea menos de lo que le gustaría. En el ambiente, ya sea medio, rural, urbano, muerto o festivo. En la esperada visita a una abuela casi centenaria, que merece más homenajes que cualquier libro mío, o de nadie, del que pueda hablarse.

Refugiémonos en todo lo que merece la pena, que es mucho… y en el tercer tomo de mi historia, por el que comencé y con el que termino. Podré ofrecerlo, a vosotros y al universo, a no mucho tardar. ¿De qué sirve si no tanta palabrería?

Felices lecturas.

Imagen: https://pixabay.com/

Eduardo Noriega

Eduardo Noriega

¿Te ha gustado? ¡Compártelo!

Facebook
Twitter
LinkedIn
WhatsApp
Telegram
Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Más información
Privacidad