El fin del mundo

Una de las cosas que logra el hartazgo es que uno abandone sus tareas y llegue hasta el fin del mundo para olvidarse de ellas, siquiera por un día.
240121 el fin del mundo

Pues eso fue lo que fue. Decidido el abandono, el fin perseguido es olvidarse de las obligaciones y largarse por ahí, a donde vea lo que vea, no le recuerde a uno eso que pretende olvidar.

¿Qué mejor lugar para eso que el fin del mundo? Pues allá vamos. Ni corto ni perezoso, mis piernas me llevan hasta tan lejos, con solo pisar los pedales del coche. A medida que me acercaba, el frío, la lluvia y las nubes iban adueñándose de todo, como si nada más que ellos tuviesen jurisdicción sobre la zona. Los pinos, de verde constante, rodeaban el lugar, no desde hace años ―eran demasiado jóvenes para eso―, pero sí desde suficiente tiempo atrás como para tener más derechos que yo a estar ahí. No hay problema.

Cuando uno llega, no puede menos que impresionarse.

La lluvia cae casi en horizontal, imposible resguardarse. Esos paraguas que nunca uso para nada valen aquí. El viento no susurra nada: aúlla su poderío. La peña en la que la cruz sobrevive al tiempo resbala como un lago helado y está a la misma temperatura. Imposible ascender, so pena de caída quién sabe a dónde. Inútil ascender, pues desde ahí arriba se ve lo mismo que desde abajo: nada. La niebla es tan espesa y opaca que nada puede distinguirse más allá del borde del acantilado. Apenas la galerna deja entrar en las orejas al oleaje que, abajo, aunque no lo vea, de seguro enseña sus dientes de espuma a las rocas.

Una gran ventaja de ir a Fisterra en un día tan desapacible como este: no hay nadie. A lo lejos, un gorrilla con el obligado uniforme de chándal, soportaba las penas que caen del cielo recostado bajo una tejavana. Soy tan poca cosa para él que ni se acerca a ver si puede sacarme algo.

¿Fue esto lo que vieron los romanos cuando llegaron y decidieron que ahí estaba el fin del mundo conocido? De no ser por el delgadito Mare Britannicum, único y breve obstáculo para llegar desde sus Galias hasta los acantilados blancos de Dubrae, si hubiera sido este su punto de partida, jamás un romano habría puesto un pie en Britania.

¿Fue esto lo que vieron los celtas que partían a pescar bacalao a caladeros irlandeses cuando aún la navegación a distancia era tanto arte como sabiduría como condena a muerte? Quiero pensar que sí, y aún así se lanzaron a la aventura. Pero ellos tuvieron una ventaja: también pudieron estar ahí, en este increíble mostrador del más allá, en días más bonancibles, cuando el fin del mundo anuncia que hasta llegar a él aún hay que recorrer millas y millas de a veces bravo, a veces apacible, siempre misterioso mar.

¿Hay lugares como éste en Homeria? Alguno hay, la verdad. El fuerte del cabo Obs, allá en Lengua de Dragón, el cabo del buen Arrencho, con cierto protagonismo en «Epílogo en sangre» que no desvelaré aquí o la Punta Mero Mayor, puerto sobrecogedor, pero el más cercano para arribar con buen fin a la tenebrosa Isla de los Magos. Todos ellos, como este fin del mundo, suponen lugares en los que lo imposible se acerca más al corazón de los valientes, susurrando a su oído que la gloria aguarda al otro lado.

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El caso es que, aterido e impactado por lo que acababa de ver, me declaré cobarde como para lanzarme a invadir por mi cuenta el fin del mundo y resolví regresar a casa, que mis deberes no se harían por su cuenta si yo moría ese día.

El helor no se iba ni con la calefacción del coche a tope, así que busqué un lugar donde beber el calor que había perdido en Fisterra. Un bar, mejor si era de carretera, era la opción más deseable.

Un cartel de Coca Cola y un letrero que anunciaba «Casa Isidro» solo podía augurar buenas noticias. Las letras negras se diluían en gris y casi habían mutado a blanco, de tan antiguo que era el nombre. Mejor, pensé.

Pero, como el más escondido refugio de los más esquivos contrabandistas, el lugar resultó ser un señuelo. Cerrado. Y el orín de los barrotes hacia pensar que llevaba años así. Maldiciendo mi suerte, tiritando, regresaba ya al coche cuando, no sé por qué, mi mirada se desvió un instante a otro lado.

Ahí estaba. Oculto y, empero, a la vista de todos.

Resulta que «Casa Isidro» se había remozado y abandonado su anterior ―y para mí prometedora― ubicación, para trasladarse al otro lado del aparcamiento. El lugar era más aseado y luminoso que el antiguo, pero seguía manteniendo orgulloso la esencia que hace que un bar de carretera pueda ser llamado así. Hízome pensar en otro elemento de mis libros, como me sucede con casi todo últimamente: las posadas.

El local tenía lo que debe tener un tugurio merecedor de ese nombre. Su mostrador lleno de cosas de comer, sus vasos usados en mesas apartadas sin recoger, su grupo de parroquianos que miran hostiles al forastero, todos con un vaso de algo que solo puede contener alcohol delante y un alguien con forma de posadero que acoge al viajero y lo reconforta con su amabilidad, sus consejos y sus provisiones.

En este caso era una gorda camarera, amable hasta decir basta que, a mi habitual tontería de pedir un caldero de café con leche, ofreció: ¿Con unas gotiñas? Aún me quedaban muchos kilómetros al volante pero, ¡qué coño! ¡Vengan unas gotas de orujo, que de lo que se trata es de recuperar la temperatura perdida bajo la lluvia!

¿Quieres comer algo, una tapiña? Estuve a punto de besarla por encima de la barra. Debió de ver el hambre de algo caliente en mis ojos, porque antes de que asintiera con la cabeza, ya me dijo: Te traeré unos callos, ya verás que buenos. Poco después, un vaso de desayuno lleno de café con leche, ardiendo, como Dios manda, y un cuenco de garbanzos con callos eran la mejor noticia del día después del espectáculo del fin del mundo.

Me sentí al mismo tiempo un forastero y alguien que es acogido por su familia a la que hace mucho tiempo que no ve. Un estúpido petulante que entra en un bar de carretera, congelado, calado y con un libro de Faulkner ―¡Gracias, Amanece que no es poco¡― en la mano, al que taladran todas las miradas y al que, pese a todo, es imposible tratar mejor.

En mis páginas hay posadas y posaderos de todas las calañas: desde «El carnero capitán», en Antehielo, donde la valiente Ragna cuida de todos y Teo encuentra su camino, pasando por «Donde Lou», ese lugar de Kadak en el que Lenn halla al viajero Ullfrig y éste le da alimento y una buena lección, hasta la taberna marinera «El muerto» de Verdelineta, donde Córnel y Táred se conocen. «Casa Isidro» no desmerece de ninguna de ellas.

Así es: me gustan las posadas, las fondas, las tabernas y los figones. Al igual que los bares de carretera.

Reconfortado, caldeado, menos enfadado con el mundo y más dispuesto a retomar el trabajo que abandoné por la mañana, vuelta a la carretera, camino de casa.

¡Con qué poco nos contentamos a veces!

Felices lecturas.

Eduardo Noriega

Eduardo Noriega

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Natural de San Vicente de la Barquera, Cantabria, de las leonesas tierras del Órbigo y de otras partes del mundo por donde he ido dando tumbos…

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