Los libreros

Los libreros son de ese tipo de gente que, si no existieran, no es que habría que inventarlos: habría que reinventar el mundo.
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Creo que casi todos tenemos, de manera más o menos confesable, profesiones que amamos y profesiones que detestamos. Esto incluye también a los profesionales de cada uno de esos trabajos. Los libreros, en mi clasificación particular están, sin duda, en el podio de los venerados.

Como todo lo que habla de generalidades, lo que sigue, además de estrictamente personal, es muy injusto. No voy a negarlo. Sucede igual con casi todas nuestras opiniones que abarcan más allá de lo que conocemos de primera mano: cada uno tiene la suya, y algunas apestan (sic).

Muy pocas de las palabras que siguen tratarán de los odiados, pues esto no va de ellos. Están en ese grupo aborrecido los trabajos de quien vive de la política, de la economía, de la estadística, del dinero de otros, de las tertulias, del cotilleo o del reguetón. Cuanto más piense, más metería en ese saco sin piedras. Por eso paro aquí. No digo que el mundo vaya a estar mejor sin ellos. Pero, sea cierto o no, me gusta pensar que no se les echaría mucho en falta si, así como el sol aparece de improviso tras la tormenta, un día despertásemos y ya no estuvieran.

Esto, en realidad, va más de los que están en el lado opuesto de la balanza de mis inquinas y mis afectos.

Honro mucho la labor de todos aquellos que intervienen en la educación de las personas. Ya sean mentes jóvenes formándose aunque no quieran o mentes obstinadas en aprender cuando la vida los encamina a otra cosa, todos aquellos que aplican su vida a facilitar ese aprendizaje son gente a valorar por encima de la media. Y por todos. El maestro sería el paradigma de este grupo. Casi todos tenemos algún maestro (o profesor, no pretendo aquí categorizar nada) de grato recuerdo, igual que algún otro de infausta memoria. Que una uva podrida no contamine el racimo.

Otro grupo benemérito de profesionales lo forman quienes se encargan de que nuestra sanidad funcione, en cualquiera de sus modalidades: médicos, enfermeros, fisios, gestores, investigadores, farmacéuticos, técnicos, celadores… todos. No digo esto por sumarme a la corriente facilona que hace unos meses aplaudía en los balcones y ahora a saber qué votos da para procurar su mejoría. Lo digo como usuario (a mi pesar) desde hace demasiados años de sus servicios. Dedicar el esfuerzo diario a que otros sobrelleven mejor sus padecimientos, gracias al conocimiento o a la tecnología, o simplemente gracias a un apoyo en el momento más crítico, es loable, lo hable quien lo hable.

Y, entre todos los demás gremios a quienes ofrezco mi aprecio, que son muchos, se hallan también esos a quienes van dedicadas estas letras: los libreros.

Tengo, para mi fortuna, unos cuantos amigos libreros. También, por afición y, desde hace un tiempecillo por alguna aventura más en que ando entretenido, he pasado tiempo junto a unos cuantos de entre quienes gastan sus afanes en tan honorable tarea. Hay de tantos tipos de libreros como de personas. Pero con cualquiera de ellos, sin excepción y sin preguntar, disfrutaría de una charla frente a un café o una cerveza. Y, claro, un libro.

Más sobre los libreros:

Está el librero que mira con ojos suspicaces cuando alguien entra en su sanctasanctórum como un intruso, sin pedir permiso, a veces (si hay olvido o la educación no es su fuerte) sin saludar siquiera, amparado solo en el derecho de todo visitante a curiosear.

Está el librero que, no bien ha visto a un desconocido, se acerca a ofrecer su ayuda, ya sea para encontrar el libro buscado, o para sugerir cualquier otro de entre los miles que guarda en sus anaqueles y en el archivo de su mente.

Está el librero que, aburrido ante la falta (desgraciada) de compradores, aprovecha cualquier fugaz huésped caído en su fonda para charlar con el cliente, con la literatura siempre de fondo, conocedor de su oficio y de los objetos atesorados en sus estantes.

Está el librero que, comerciante por encima de todo, no pierde ocasión de intentar que un despistado llegado para comprar una revistilla se lleve además la colección completa de los Episodios Nacionales, que están de oferta y, que en una edición como esa no los va a encontrar nunca, te lo digo yo.

Está el librero que, comprometido con su causa, hace de su templo un lugar donde los libros tienen algo más que estanterías para reposar. Este organiza presentaciones, lecturas, cursos, coloquios… Este no solo vende libros: vende un espacio común para uso y disfrute de autores y lectores, que cada uno gastará a su antojo.

Podría seguir, pero creo que ya os hacéis una idea.

Librerías y libreros tienen en su haber libros y películas, o ambos. Desde El club Dumas, que luego fue La novena puerta, hasta La sombra del viento o El cuento número trece, pasando por El librero de Kabul o La librera de París, obra que recrea e ilumina la figura de una mujer, Sylvia Beach, sin la cual es muy probable que su protegido James Joyce no hubiera tenido nunca la suerte, el dinero o el afán necesarios para que su Ulises hubiera visto la luz. Quizá sea más editora que librera, pero por el título y lo reciente, merece la mención.

Es una fauna tan diversa como apasionante y, por encima de todo, digna de alabanza, de admiración y de aprovechamiento. No mencionaré a todos mis amigos libreros porque, como soy un quedabién, no puedo permitirme olvidar alguno. Pero todos ellos están en mi cabeza ahora mismo y en el cajón de mis gratitudes para siempre. Para ellos son estas letras.

Mi única mención aquí, no puede ser de otro modo, es para Fran, una de las almas de la Tienda de Cristi, uno de esos comercios inolvidables que demuestran que una vida sin Bezos es posible y, entre sus muchas virtudes, tiene la de ser además una librería. Vendedor excelso, detallista impenitente, bibliófilo profesional, litigante convencido, lector empedernido, consejero certero en cuanto a letras se refiere y, por encima de todo, amigo.

Felices lecturas.

Imagen: https://pixabay.com/

Eduardo Noriega

Eduardo Noriega

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Natural de San Vicente de la Barquera, Cantabria, de las leonesas tierras del Órbigo y de otras partes del mundo por donde he ido dando tumbos…

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