La violencia contra la mujer

Ayer fue el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.
violencia mujer

Eso da pie a reflexionar sobre ello y sobre su existencia en la literatura o, particularmente, en mis historias.

Es innegable que esa violencia existe. Existen muchos tipos de violencia, claro, pero esta se produce de una manera especialmente frecuente y por ello golpea (nunca mejor dicho) nuestras sociedades de modo más preocupante y malvado. Quizá no haya que movilizar a la toda Humanidad porque en una sola parte del mundo, una vez nada más, un solo ser humano golpease a una sola mujer. Bastaría con castigar al culpable y educar a sus vecinos para que supieran que eso no ha de repetirse y que, de hacerse, conllevará consecuencias. Como siempre, la educación es y será la mejor herramienta para salvarnos de casi todo.

Pero sí hay que hacer algo más si lo que sucede es que, en este lugar llamado Tierra, cada once minutos una mujer o una niña muere asesinada por familiar. Al final, casi todo es cuestión de números, incluso cuando algo tan frío como los números tratan de algo tan lleno de carne, piel, huesos y sentimientos como las personas.

Ignoro quién puede estar en contra de algo como lo que representa este día. Supongo que quienes son violentos, o aquellos a quienes no les importa que exista gente violenta. ¿Hay más violencia? Por supuesto. ¿Hemos de intentar que deje de existir? Desde luego. Pero eso no significa que no exista este tipo particular de violencia, ni que no sea una lacra contra la que luchar.

Más allá de lo que acaece en este confortable lugar en el que unos viven y otros malviven, en ese otro en el que yo desbarro de tanto en tanto, en Homeria… ¿existe la violencia contra las mujeres? Pues también, para su desgracia.

Homeria es un lugar violento, muy violento. Ya lo he dicho en alguna ocasión y es que, en la novela, la violencia puede resultar parte intrínseca de un argumento. En estas lo es. Cuando la violencia es algo con lo que uno se topa con tanta frecuencia, que exista, dentro de su amplio y maléfico abanico, el tipo particular que es la violencia contra las mujeres no puede extrañar al lector. Y más cuando, además de un mundo violento, Homeria es un mundo machista.

Cuando describo la sociedad homerina como algo que puede hacernos recordar a lo que se vivió en la Europa altomedieval, remembrar y reproducir el machismo es algo casi inevitable. Nunca he pretendido, en esta historia, presentar un mundo idealizado donde todo sean buenas palabras o actos de bonhomía protagonizados por personajes amables y honrados. Aunque sean novelas fantásticas, en eso se parecen bastante a la realidad.

Más sobre la violencia contra la mujer:

Hay un episodio especialmente ilustrativo, aunque no sea el único. No negaré que escribirlo supuso un esfuerzo. Casi, y no exagero, me dolió, por el mero hecho de imaginar que lo que estaba tecleando sucedía ante mis ojos. Quienes hayáis leído «Sin tierra ni patria» y hayáis alcanzado el final del capítulo dieciséis sabéis de qué hablo.

¡Qué coño! Con solo ver la portada del libro, en la que quise dar notoriedad a ese episodio, uno puede hacerse una muy clara idea de lo que cuento.

Mandoline de Mongaut, mujer poderosa y hermosa donde las haya, con rasgaduras en su vestido, limpia de su rostro restos de sangre sin esconder una mirada mezcla de odio y desconcierto, que son dos de los mil sentimientos que la embargan en ese instante. Creo que Jet Alcaraz, el artista que diseñó la ilustración tras muchas charlas conmigo, captó muy bien lo que pretendía. Si Mandoline, condesa, inteligente, capaz, mujer de posibles, termina sufriendo también ese golpe, qué no le sucederá al resto de mujeres con menos medios.

Tuve conciencia hace poco (mientras escribía la tercera entrega) de que existe algo llamado Test de Bechdel, que evalúa la brecha de género en las películas en general y, por extensión, en las series u otras producciones artísticas. Aunque lo entiendo, he de decir que me parece una soberana tontería. No que exista, ni que se tenga en cuenta. Sino que alguien pueda usarlo para decidir si un libro, una película, una serie de televisión, una obra de teatro, o lo que sea, es digno o no de disfrutarse.

Muy resumidamente, ese test, o el criterio que establece, dice que, para que algo no sea machista (o por ser más correcto, para que no esté basada en un punto de vista androcentrista), ha de cumplir con los tres requisitos que la protagonista de una obra de la mentada Alison Bechdel exigía a una película para ir a verla. A saber: que aparezcan al menos dos personajes femeninos, que mantengan una conversación entre ellos y que hablen de algo que no sea un hombre. Como todas las generalizaciones, puede ser muy correcta o tremendamente injusta.

Después de conocer la existencia de este test, sometí mi obra a su evaluación. Resultó que «Todos los días muere alguien» no lo supera. Sus dos secuelas sí. ¿Significa eso que esa novela es machista? Que cada uno piense lo que quiera. Como autor, no fundamento mis escritos en que superen o no ese test, ni ningún otro. Los hago para que sean coherentes con la historia que pretendo narrar, estén (hasta donde alcanzo) bien escritos y, en lo posible, sean atractivos para el lector.

En estas historias en particular, que discurren en un mundo violento y machista porque yo así lo he querido, pretender que lo que sucede en ellas esté libre de esa desgracia es tan probable como que llueva gin-tonic. Mandoline, mi querida condesa, lo sabe bien. Lucha contra ello a su manera, la que ella ha decidido. Solo al final se verá si logra con sus esfuerzos el resultado que pretende o, por los azares de la mente enferma del autor, llega a otro lugar completamente distinto.

Los mensajes ocultos de mi obra, que los hay, podrán ser interpretados como quiera cada uno que tenga el libro ante sus narices. Es su derecho, tan innegable como el de lanzar el libro a la hoguera o situarlo en el panteón de sus preferencias literarias. Como el de terminarlo o dejarlo a medias si le apetece. El día que alguien nos obligue a leer solo determinados libros, o solo los que superen determinados exámenes… creo que todos sabemos dónde habremos llegado ese funesto día.

En «El Libro Lacre» existe machismo. Existe violencia en general y contra las mujeres y los débiles en particular. Si alguien deduce de ello que estos libros, o su autor, promueven el machismo o la violencia contra las mujeres, está en su derecho… pero recomendaría que se lo hiciera mirar. Ojalá mis ojos alcancen a ver el día en que ese machismo y esa violencia contra la mujer sean solo ejercidos en ficciones que, superen o no ese test, sean únicamente eso: ficción.

La realidad es, por desgracia, mucho más cruel con las mujeres.

Felices lecturas.

Eduardo Noriega

Eduardo Noriega

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Natural de San Vicente de la Barquera, Cantabria, de las leonesas tierras del Órbigo y de otras partes del mundo por donde he ido dando tumbos…

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