La tecnología en la escritura

La influencia de la tecnología en nuestras vidas es innegable.
230124 tecnología

De hecho, lo que la tecnología y su prima la ciencia significan para una sociedad es parte relevante en la historia de El Libro Lacre. Pero hoy hablaré de algo mucho más prosaico, tras de que he constatado que hace casi un mes que no comparto nada con vosotros.

Este aparente abandono no es solo debido a mi desidia, sino que también han tenido su participación múltiples razones: vacaciones, trabajo (aunque parezca contradecir la anterior, es así), mi intermitente vagancia y, aquí viene la relación con la tecnología, el cambio que he hecho en mi «máquina digital para escribir». Este modo de llamar al ordenador tiene para mí reminiscencias de tiempos más felices. Por eso lo uso cuando me siento melalcóhólico.

Ya sea por culpa de la maldita obsolescencia programada o no (el portátil tenía sus añitos), mi «máquina digital para escribir» iba lenta. Tenía sus achaques que, como nos pasa a todos, eran cada día mayores y más frecuentes. Así que, siguiendo la implacable tendencia actual, decidí quitarme el problema de en medio. No hay residencias de mayores para ordenadores, pero sí puedes intercambiarlo y buscar un sustituto.

El primer intento no salió bien. Teclado anglosajón que tuve que corregir con pegatinas (que tuvieron que enviarme), peso excesivo… no sigo para no aburrir. Que no me gustó, vamos. Tocó la devolución. Eso es algo que, para alguien como yo, no es que resulte difícil, pero sí un coñazo que lleva su tiempo.

El siguiente paso fue seleccionar el siguiente repuesto. He de confesar que no soy rápido optando por cualquier cosa que requiera un desembolso importante. Analizo las ventajas e inconvenientes, características que sé que nunca usaré y hasta avances en tecnologías que ni sabía que existían y no sabría utilizar. La cosa es intentar que no se me pase nada por alto, tarea fútil en estas situaciones y de seguro destinada al fracaso. Más todavía teniendo en cuenta que no soy, ni de lejos, un experto en informática.

Tras unos días mirando y remirando, escojo la que creo mejor opción. Y vuelta a comenzar: compra, espera, entrega, configuración, instalación de programas, aparición de nuevas piedras en el camino, resolución, corrección de errores… Intenté la compra de cercanía, que hubiera borrado de un plumazo estos inconvenientes, pero no hallé nada de mi agrado.

Una odisea, al cabo, en su versión tecnológica y minorada. No pretendo exagerar lo que esto supone: no robó ni un minuto de mi sueño. Pero, tras todo ese periplo, dispongo al fin de una «máquina digital para escribir» remozada y lista para continuar con mi divertimento en las tierras de Homeria.

Es entonces cuando advierto que han pasado ya tres semanas desde mi última charla unilateral con vosotros y, además, el mismo tiempo desde la última vez que puse mi imaginación a trabajar. Excesivo. Los personajes recién perfilados se han desdibujado en mi memoria. La trama principal ha caído en la antesala del olvido, de donde debo rescatarla. Los hechos pasados, perdidos entre páginas demasiado añejas, engrosan mi amnesia y no sé dónde o cuándo los escribí. Por resumir: tengo que releer prácticamente el total de lo que llevo escrito, si no quiero cometer errores de bulto.

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Entonces pienso durante un instante lo que supone la tecnología informática aplicada a la literatura, al procesamiento de textos en particular.

Hoy puedo buscar una frase o palabra en un texto de más de 200.000 (más de 500 páginas en una edición media), para ver dónde mencioné por última vez a un personaje y qué estaba haciendo. Localizo así, en segundos, un fragmento determinado en el océano de una narración que muchas veces excede lo manejable.

Hogaño soy capaz de cortar y pegar trozos del relato para reconfigurarlo si, con cada nueva lectura, creo que la estructura narrativa no se adapta a lo que persigo. O si quiero introducir algún detalle nuevo. O si quiero hacerlo desaparecer.

Sin despeinarme apenas, logro hacer correcciones, deshacerlas, controlar los cambios realizados en el texto tiempo atrás, cambiar el formato de la página, el tipo, tamaño o color de letra… hay tantas posibilidades que soy incapaz de enumerarlas.

Lo siguiente que me viene a la cabeza es: ¿cómo lo hacían antes? No hablo de la escritura en la Edad de Piedra. No hablo de escribir sin ordenador, sino incluso sin máquina de escribir. He visto imágenes de manuscritos plenos de tachones, el resultado de las revisiones que hoy en día cualquiera puede hacer apenas pulsando un par de teclas.

¿Cómo consiguió, por poner el primer ejemplo que asalta mi mente, Cervantes la perfección de su novela sin esta tecnología para diseccionar y dar forma a su criatura de casi 400.000 palabras? ¿Cómo pudo Víctor Hugo hacer que no sobre ni falte una palabra de sus Miserables entre las más de 500.000 que forman la obra?

No soy capaz de imaginar mi tarea, mi diversión, si me viese obligado a llevarla a cabo en esas condiciones, aparcada la tecnología en un rincón, útil solo para otros ingenios. Quizá no hubiera escrito la primera página. Quizá estaría dedicado solo a esto.

Sea como fuere, es esta una nueva razón (por si alguien necesitara de más) para valorar en lo que se merecen las letras escritas hace tantos años. No solo fueron, son, enormes y eternas. Además, sus autores fueron perseverantes, productivos, contaban con ayuda (no concibo tan magnas obras realizadas sin algún transcriptor o corrector o lector o copiador) y supieron entresacar de entre la morralla del tiempo perdido lo verdaderamente útil.

Me gusta pensar que esos héroes fueron, con o sin tecnología, en el sentido en el que escribo, ingenieros de la literatura.

Felices lecturas.

Imagen: https://pixabay.com/

Eduardo Noriega

Eduardo Noriega

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Natural de San Vicente de la Barquera, Cantabria, de las leonesas tierras del Órbigo y de otras partes del mundo por donde he ido dando tumbos…

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