El sexo en El Libro Lacre

Esta entrada no pretende ser polémica, aunque por desgracia tratar de sexo suele arrastrar consigo algo tan de conversaciones de barra de bar o de diván de tertulianos.
el sexo en El Libro Lacre

El sexo puede ser, como cualquier otro aspecto de la trama, de la vida, algo que reflejar en un relato. O no. La capacidad de generar controversia es nuestra, no del sexo.

Antes de nada, aclarar que en todo lo que sigue no hablo de erotismo, sino de sexo. Puro (o impuro) y duro. Sea cual sea su forma o su intención o sus consecuencias o sus intenciones, me refiero a actos de sexo explícitos. Nada de sugerencias. Nada de pensamientos que se quedan en nada. Nada de meros roces sin consecuencias. No es de erotismo, que muchas veces (de nuevo: según sea cada cual) puede ser mucho más excitante que la mera visión o narración de un acto sexual explícito, de lo que voy a hablar. Eso merece un aparte.

Llevaba escritos media docena de capítulos de Todos los días muere alguien cuando me asaltó esta idea. ¿Cómo quiero que sea mi historia en relación al sexo? La verdad, no había pensado en ello antes. No había caído en que en ese libro que estaba creciendo pudiera tener cabida el sexo. Supongo que de aquella estaría leyendo algo con cierta carga erótica o acabara de ver una película o…

Nadie puede negar que las costumbres sexuales son una de las cuestiones más relevantes que tenemos como colectividad o como individuos. Tanto que pueden llegar a definirnos o, al menos, a diferenciarnos de otros. Y aunque El Libro Lacre sea una novela de género fantástico, siempre quise que la fantasía se reflejase en otras cuestiones: la magia, las criaturas o la propia Homeria, ese lugar inventado y, a veces solo por eso, fantástico.

No quería que mi historia fuese fantástica por dibujar una sociedad que nos resultase imposible de concebir sobre este lugar llamado planeta Tierra. Ya fuera en alguna de sus épocas o en alguno de sus rincones, había de parecerle al lector tan plausible que pensase que podía estar leyendo novela histórica. Desde esa óptica, me temo que estas novelas son casi realistas.

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He de decir, por lo tanto, para aquellos que aún no hayan roto la botella de champán contra el casco de mis libros, que en esta historia hay sexo. Mira, quizá esto anime a algún lector: todos llevamos dentro un calavera mucho más lascivo de lo que reconocemos.

Acerca de un tema tan marcado por el machismo en la Literatura, desde el Arte de amar de Ovidio, hasta nuestros días, no iba yo a inventar la rueda con mis historietas. No estoy contando una historia con la ausencia total de sexo (o sexualidad) que hay en El Señor de los Anillos, donde los elfos, hobbits, hombres y demás razas diríase que se reproducen por generación espontánea.

Tampoco es la carga más que intensa de otras sagas como Canción de hielo y fuego, que hemos podido imaginar muy de cerca quienes los hemos leído y casi tocar quienes hayan seguido la serie. No es el detalle y el exceso de otras novelas, como las previsibles y aburridas 50 sombras de Grey o las brutales luchas piel con piel, vello con vello, del Clan de oso cavernario y sus secuelas. Tampoco es la profusión y la abundancia de pasajes sudosos y bañados en vicio que encontré en El primer hombre de Roma y todos los libros que lo siguieron.

Leyendo esas fantásticas obras de Colleen McCullough me sumergí de pleno en uno de mis periodos históricos favoritos, la Roma republicana y los inicios de su Imperio. Parecía que estuviera viviendo en ellos, paseando por el Subura. Pero, además, esos libros me hicieron pensar (así lo recuerdo) que por aquel entonces, para ser alguien, había que tener unas habilidades sexuales tan descomunales como el supuesto miembro de Marco Antonio.

Julio César no logró lo que logró por su ambición, su preparación o su inteligencia, no. Gran parte de sus éxitos se debieron a sus hazañas en el lecho, de las que hizo un hábil uso político desde que se estrenó con las putas entre las que creció hasta que murió. O así lo sugiere esta autora en su historia…

Le dediqué más tiempo del habitual a meditar esta cuestión. A diferencia de otros capítulos que me salen del tirón, empujado por la incontenible inercia en forma de acción en la trama, cuando me arremangué —me desnudé sería quizá más apropiado— y puse manos a la obra con un pasaje sexual, no resultó nada fácil.

Al final, me impuse como un reto a mí mismo ver si era capaz de narrar una escena con sexo explícito sin caer en la bajeza ni en la pedantería ni en el empalago ni en la ordinariez ni en el baboseo ni en la vulgaridad ni en un romanticismo indebido o exagerado.

Demasiadas cosas a evitar y una sola, aunque relevante, que narrar. Aun hoy ignoro si lo conseguí.

Felices lecturas.

Imágenes: https://www.facebook.com/nalgasylibros y Stefan Keller en https://pixabay.com/

El sexo en El Libro Lacre
Eduardo Noriega

Eduardo Noriega

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