Que se celebren ferias de libros a lo largo y ancho de nuestra geografía ―iba a escribir piel de toro, pero me pareció una expresión demasiado viejuna, por más que siempre me pareció muy atinada― es una buena noticia, lo mires por donde lo mires. Allí donde mi otra faceta me tiene ocupado estos días, además de los fastos del Día del Libro, suelen regalar otra feria a los veraneantes que pasen sus días en la Ribeira Sacra, dentro del circuito de ferias del libro gallegas que organiza su asociación de librerías.
Ocupado como es costumbre, cansado como desde que soy viejo, retrasé mi aparición en la feria hasta el viernes, en que solamente me di un liviano paseo, postergando mi estadía más prolongada, lejos ya de prisas, para el sábado, último día de la feria. Por un instante me sentí como si fuera el artista principal de un concierto, haciendo que el público esperase mi llegada hasta el final, cuando llega el colofón espectacular. Llamadme egocéntrico.
Ver a la gente interesada en los libros en una feria, en una librería o incluso en una terraza, sigue causándome una sonrisa, algo más decepcionada que hace unos años, pero ahí permanece. Será que todavía sigo pensando como aquel director de cine que solo recomendaba una cosa, repetida e incansablemente: leer.
Deambular delante de las casetas, ojeando títulos, portadas, personas y personajes, es uno de los pequeños placeres que me permito en estas ocasiones. Pueden aparecer pequeñas joyas (todavía guardo una biblia con ciertos pasajes subrayados que encontré en una librería de libros antiguos), ansiadas novedades o descubrimientos inesperados.
Más sobre encuentros fortuitos en una feria del libro:
Eso fue lo que sucedió en este caso. Tras ese vagabundeo ante los mostradores me decidí por el libro a adquirir ―no puede uno ir a una feria del libro y volverse de vacío, a diferencia de cuando se sale de pesca―. Es un thriller titulado «La clave de Mozart», del escritor gallego Fernando Méndez. Sin leerla todavía, solo puedo decir que tiene muy buena pinta.
Supongo que la novela negra escrita hace más de un año que tengo pendiente de aparición, en estos días perdida en algún cajón de la editorial, influyó en esta elección, de tanto como acude en estos días a mi mente. Me gustaría poder deciros que en breve tendréis noticias sobre ella, pero lamentablemente no puedo asegurarlo. Cosillas del mundo editorial, supongo.
La amable librera me dijo entonces algo para lo que no estaba preparado: «¿Quieres que te lo firme el autor?». Me sorprendió mucho más de lo que puedo reconocer, como si tal ofrecimiento fuera una maravilla inusitada, algo que nunca sucede en las ferias de este pelaje.
Por supuesto, respondí que sí, más sorprendido que si me hubiera encontrado un partido político honesto. Fernando no solo me dedicó el libro, sino que compartió conmigo una breve charla de lo más agradable y aleccionadora, nos sacamos una foto que él mismo me ofreció y ―en estas situaciones siempre aprovecho para preguntar, ávido de cualquier conocimiento que permita mi progreso en este mundo― me regaló valiosos consejos adaptados a un autor todavía demasiado novel, como el que suscribe.
De vuelta en casa ―tuve que regresar a la caseta, porque mi despiste habitual hizo que tras la charleta mi perro y yo nos marcháramos sin pagar el libro― dedico unos minutos a escribir esta entrada con una sonrisa bobalicona en la cara, algo más sabio que cuando desperté y con un libro más en mis anaqueles.
Todo, gracias a esos encuentros fortuitos que de tanto en tanto se dan en las ferias del libro.
Felices lecturas.


