Skrullton «Culo de Toro»

Skrullton es uno de esos personajes que sobrevive a cualquier eventualidad, incluso a mi idea inicial de matarlo al poco de su estreno.
skrullton

Cuando creé a Skrullton, este guerrero tuerto, casi inmediatamente vino a mi mente el actor Matt Willig, al pensar en un guerrero fuerte, muy grande y musculado, con el cabello negro como ala de cuervo y un parche negro de piel de serpiente sobre su ojo. Fue más tarde, cuando vi la pinta que maneja este exjugador de fútbol americano en “Somos los Millers”, cuando me reafirmé en mi primera inspiración visual para este personaje.

Esto, pensar en un personaje y asociarlo con alguien real, me pasa en muy pocas ocasiones. Pero en este caso, sucedió sin pedirme permiso y, con tal fuerza, que ya no pude pensar en otro cuando imaginaba a Skrullton haciendo de las suyas por Homeria.

En cualquier caso, se trata de un capitán isiahrio que tiene dos grandes habilidades: caer simpático al lector y meter miedo a sus vecinos, a partes iguales. Es tan grande que «supera con holgura la braza de estatura, a la que sumaba casi un pie». Eso, en nuestras medidas, son alrededor de dos metros. Sea dicho lo anterior sin olvidar su enorme talento para la guerra y su amor por los caballos, como buen hijo de su tierra. Gusta de beber y comer sin medida, especialmente con sus compañeros de batalla, ya sean paisanos o no.

No es alguien que se fije en esas cosas de los nacionalismos, aunque profesa un gran amor por su tierra y las gentes que en ella moran. En este tercer tomo (ya casi a punto de terminar la primera revisión), Skrullton lo mismo bebe del tirón varias jarras de la peor cerveza del mundo, pero le sabe a gloria por el mero hecho de tomarla en su tierra, que «aparta de su rostro lágrimas rebeldes que preguntaban, como todos, qué había sucedido en aquel lugar», cuando presencia los destrozos de la guerra en la baronía Thomas, su terruño de origen.

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Reconozco que lo pasé muy bien cuando me inventé, para el tomo II, de dónde venía un sobrenombre tan curioso como ese.

Lo mejor es que lo reproduzca tal cual, para no contaminar con ocurrencias posteriores lo que ya está escrito para siempre: «El origen de tan curioso mote fue una derrota en una apuesta poco después de haber perdido el ojo. El monto de la apuesta fue verse obligado a quitarse el parche, que no había descubierto la herida desde el mismo día del accidente, pues era motivo de gran vergüenza para el joven Skrullton. Todos sus compañeros de armas ansiaban ver aquella cicatriz, para reírse y pasar un buen rato en la taberna a costa del tímido y bisoño soldado. Cuando mostró la herida, todos los parroquianos se carcajearon, mientras un cohibido Skrullton se encogía en sí mismo, vencido por el ridículo de mostrarse más que desnudo. En una esquina del local se escuchó: «¡Ese agujero parece el culo de un toro!», y las risas arreciaron aún más. Entonces, en algún lugar del corazón de Skrullton, el sonrojo se transformó en ira, y la ira en ansias de venganza, en ganas de castigar a quien osaba chancearse de su tara. Una vesania como no había conocido hasta entonces se apoderó del joven isiahrio. En cuatro pasos rápidos se había acercado al bromista que gritó el que sería desde entonces su apodo y, en dos movimientos más, una cabeza con gesto sorprendido rodaba por el suelo de la fonda, regando todo de sangre negra, que se mezcló con el polvo formando grumos. El silencio que se hizo en el local le confirmó que todos se lo pensarían en adelante antes de repetir en su presencia tal oprobio contra él. Limpió la hoja de su espada, volvió a la mesa en la que había perdido la apuesta, se reajustó el parche, acabó la cerveza que le quedaba en la jarra y eructó. Aquel día comenzó la leyenda del mercenario Skrullton».

La leyenda de Skrullton… ¡ja! En «El Libro Lacre» Skrullton iba a ser un personaje secundario, uno más de las decenas de participantes en las batallas que surgen en la historia y desaparecen sin pena ni gloria. Pero sus peculiaridades físicas, la mayor participación de los mercenarios isiahrios según pasaban las páginas y el carácter jocoso, melancólico y marcial al tiempo con que él solito se fue revistiendo, hicieron me viese obligado a cambiar de idea. Cada día me gustaba más… No es algo nuevo, ni extraño: mis personajes, no sé si porque son míos o por qué, lo cierto es que me resultan cada página más simpáticos. Al final, lo que sucedió fue que su creador no fue capaz de hacer que mordiese el polvo o que no volviera a ser mencionado en la historia (la más triste de las muertes para un personaje). Me confieso un debilucho cuando pienso en él, alguien, curiosamente tan fuerte.

Algún día contaré cómo perdió ese ojo… porque esa es otra anécdota muy jugosa que aún no ha sido trascrita.

Todo guerrero tiene que tener su arma predilecta. Para Harry el Sucio era su Magnum 44, para Robin Hood, su arco, y para Arturo, Excalibur. Skrullton no podía ser menos. Para dotar de algo adecuado a tan gran guerrero, decidí que su arma favorita sería un hacha: una enorme hacha de combate, de doble hoja, con un mango tan largo como alto es un hombre. Pero, es tal su capacidad en combate que, incluso sin ella en sus manos, cualquiera evitaría enfrentarse a él y, por las mismas razones, querría tenerlo a su lado cuando la muerte campa a sus anchas. En un lance en plena batalla, pierde su hacha querida, y lo lamenta como un niño abandonado por sus padres. Cuando, muchas leguas después, encuentra otra de calidad similar, su corazón se hincha de alegría y no duerme tranquilo hasta que su nuevo juguete recupere el relumbrón de su predecesora.

En fin, nacido (como siempre) de la acertada pluma de Ángel, os presento al mercenario, jinete, capitán de su ejército y explorador isiahrio, Skrullton, sin más nombre de pila que ese apodo que tanto odia: «Culo de Toro».

Felices lecturas.

Eduardo Noriega

Eduardo Noriega

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Natural de San Vicente de la Barquera, Cantabria, de las leonesas tierras del Órbigo y de otras partes del mundo por donde he ido dando tumbos…

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